Mientras prepara la panoplia literaria antes de que las palabras se den a la fuga el autor nota como la ebullición llega al clímax. Manos a la obra y todos los floretes en su sitio. Juegos floreteales llenos de poesía sin épica ni réplica. Piensa en la ética literaria aún en mantillas que para eso estamos en enero.
Como iba diciendo ya de noche y los gatopardos a resguardo, está dispuesto para la función ( aquellas matemáticas de la confusión suprema en las aulas sotaneras en las que no se enteraba de nada porque ya no había Geografía con sus mapas gigantes desenrollados a todo trapo delante de la pizarra). ¡Vivan los paréntesis!
Recuerdo aquello del poemario de los días, la fugacidad galopante la impermanencia en todo su esplendor, y es que todos nos vamos poniendo viejos. Por los siglos llenos de siglas acrónimos, acrósticos y otras asperezas por limar. A la lima y al limón.
Sí claro, que me traes por la calle de la amargura, que vas a acabar con mi paciencia y niño deja de tamborilear con el cuchillo y vamos a comer…
Ahora silencio.
La rebeca pulligan abrochada hasta el último botón y la corbatilla fina burdeos con diagonales negras. Claro, a juego. Y que no se te olviden los zapatos gorila, con pelotilla incluida para reventarlos en la pista atestada de partidos a la hora del recreo. Meter gol en las porterías de hockey. El timbre y apurar hasta el último minuto.
Poesía pura y sudor a chorros.
