LA LEY DE LAS VELAS
Esa mujer con rictus de lechuga canta un aria desaforada y tropieza con la concha. Le clava la aguja de su zapato al apuntador atónito. El director de orquesta, melena al viento, ordena el ataque molto vivace. El público ríe y se revuelca en el patio de butacas. Las candilejas se apagan de repente y los acomodadores huyen despavoridos. El Holandés Errante ha encallado al tropezar con la nariz de Lohengrin. El coro invade el escenario y todos cantan y bailan como posesos. Barítonos, vicetiples y sopranos rodean a los tenores que se encojen acogotados. La función no ha terminado. Es la hora del público y las puertas se cierran sin remedio. Comienza el espectáculo. La mujer con rictus de lechuga interpreta algo parecido a una marcha fúnebre. Su tono sube y sube, cada vez se torna más y más agudo. Arriba, arriba...Tímpanos ensangrentados también se elevan y adornan las enormes arañas que penden oscilantes sobre las butacas destartaladas.
No hay más cera que la que arde. Ni pabilo de ninguna clase, ni siquiera para las alpargatas del nibelungo.
Se mostrarán poemas,escritos varios y desmemorias muchas. La música que me inspira,reconforta,me duerme y me despierta.Esos pajarillos en los olmos. Algún salmonconsejo, quizás algún recurso branquial a diario, o de vez en cuando. Aparecerán los sueños de toda la vida. No las ensoñaciones. Sueños para escuchar su mensaje y aprender a conectar, integrar, todas la facetas de nuestro ser multidimensional.
sábado, 25 de enero de 2014
PAISAJES
El naranja se va difuminando hacia otros derroteros y ahora las fresas sacan pecho y campan por sus respetos respectivos, naranjas y fresas ¡menuda perspectiva! Atardecer frutal. Pero no sólo de fruta vive el hombre...
El desierto se iluminó de pronto con un resplandor suave, en medio de la noche. El cielo, la arena y aquellos personajes de ensoñación frágil: escarabajo, escorpión y una flor extraña, extemporánea. Fumaban y fumaban en narguile forrado con piel de camello. En mitad de la noche. Se iluminaron al instante con un resplandor suave y de perfume agradable. Toda la noche. Durante horas danzaron con ritmo desenfrenado. Hasta el amanecer.
Al pasar la página fuí consciente de lo que sucedía. La imagen del libro de fotos del desierto iba cambiando su luz, el color, la textura...hasta el perfume. Las dunas se movían al ritmo de la flauta que el escorpión soplaba con suavidad. Al instante quedé atrapado. Una fuerza irresistible me atrajo hasta allí y me quedé una noche y otra y otra...
Estaba sentado, absorto. Balanceaba las piernas que le colgaban sobre la línea del horizonte. No era un héroe. La mujer miraba su perfil y percibía que no era cobarde ni valiente sino que, simplemente, hacía uso de su libertad. Con las piernas colgando sobre la línea del horizonte.
¿Fue al atardecer? No, quizás... Quizá, pensó, y apartó la ese como si se tratara de un obstáculo en el camino, fue al amanecer...Dudó y dudó hasta el amanecer o quizás, quizá, de nuevo barrió la ese, hasta el anochecer del día siguiente. Aunque, de momento, tuvo una certeza. Estaba convencida de que cierta pérdida de orientación espacio-temporal se iba apoderando, como brisa sutil, de sus pensamientos. La sensación se acrecentaba cuando sus ojos se encontraban con aquella mirada color tierra que, cada mañana, la escudriñaba desde el otro lado del espejo. Era ella, por fín, que volvía exhausta del territorio de los sueños. Había atravesado valles, vadeado ríos y coronado montañas. Su mirada estaba repleta de tierra, tierra de la Tierra con destellos de mares, lagos y cauces mas o menos caudalosos. Tierra y agua. Abrió el grifo y comprobó con desaliento que el barro había infestado otra vez las cañerías. Sin dudarlo, se remangó aquella sudadera vieja de color rosa difuminado por leves toques de lejía y se dispuso, llave inglesa en la mano, a dar cuenta de aquél desarreglo que, de vez en cuando, la entretenía durante un par de horas. Terminó empapada en sudor y con el rostro enrojecido por aquél esfuerzo cíclico y familiar. Volvió a mirarse en el espejo y sintió que quizá aún no había despertado de aquella pesadilla que, como el barro, enturbiaba de vez en cuando su recorrido plácido por los paisajes del sueño cotidiano.
El naranja se va difuminando hacia otros derroteros y ahora las fresas sacan pecho y campan por sus respetos respectivos, naranjas y fresas ¡menuda perspectiva! Atardecer frutal. Pero no sólo de fruta vive el hombre...
El desierto se iluminó de pronto con un resplandor suave, en medio de la noche. El cielo, la arena y aquellos personajes de ensoñación frágil: escarabajo, escorpión y una flor extraña, extemporánea. Fumaban y fumaban en narguile forrado con piel de camello. En mitad de la noche. Se iluminaron al instante con un resplandor suave y de perfume agradable. Toda la noche. Durante horas danzaron con ritmo desenfrenado. Hasta el amanecer.
Al pasar la página fuí consciente de lo que sucedía. La imagen del libro de fotos del desierto iba cambiando su luz, el color, la textura...hasta el perfume. Las dunas se movían al ritmo de la flauta que el escorpión soplaba con suavidad. Al instante quedé atrapado. Una fuerza irresistible me atrajo hasta allí y me quedé una noche y otra y otra...
Estaba sentado, absorto. Balanceaba las piernas que le colgaban sobre la línea del horizonte. No era un héroe. La mujer miraba su perfil y percibía que no era cobarde ni valiente sino que, simplemente, hacía uso de su libertad. Con las piernas colgando sobre la línea del horizonte.
¿Fue al atardecer? No, quizás... Quizá, pensó, y apartó la ese como si se tratara de un obstáculo en el camino, fue al amanecer...Dudó y dudó hasta el amanecer o quizás, quizá, de nuevo barrió la ese, hasta el anochecer del día siguiente. Aunque, de momento, tuvo una certeza. Estaba convencida de que cierta pérdida de orientación espacio-temporal se iba apoderando, como brisa sutil, de sus pensamientos. La sensación se acrecentaba cuando sus ojos se encontraban con aquella mirada color tierra que, cada mañana, la escudriñaba desde el otro lado del espejo. Era ella, por fín, que volvía exhausta del territorio de los sueños. Había atravesado valles, vadeado ríos y coronado montañas. Su mirada estaba repleta de tierra, tierra de la Tierra con destellos de mares, lagos y cauces mas o menos caudalosos. Tierra y agua. Abrió el grifo y comprobó con desaliento que el barro había infestado otra vez las cañerías. Sin dudarlo, se remangó aquella sudadera vieja de color rosa difuminado por leves toques de lejía y se dispuso, llave inglesa en la mano, a dar cuenta de aquél desarreglo que, de vez en cuando, la entretenía durante un par de horas. Terminó empapada en sudor y con el rostro enrojecido por aquél esfuerzo cíclico y familiar. Volvió a mirarse en el espejo y sintió que quizá aún no había despertado de aquella pesadilla que, como el barro, enturbiaba de vez en cuando su recorrido plácido por los paisajes del sueño cotidiano.
ESCALERILLAS, VERSO A VERSO.
PELDAÑOS, LETRA A LETRA.
Los
años pasan
Te
adelantan siempre
Como
un rayo
(por
el arcén).
Lo que tú
esperas
Con los ojos
vendados
Nunca sucede.
Con el deshielo
Intuyen esas ramas
Flores nuevas.
Una
sonrisa
Sin
humo cegador
Abre
más puertas.
Nubes rumiando
Todas juntas en tropel
Otra tormenta.
miércoles, 22 de enero de 2014
Aquél que se apega a una alegría
destruye una vida con alas.
Mas quien besa al vuelo la alegría
vive en el amanecer de la eternidad.
WILLIAM BLAKE.
Aquello a lo que te aferras no siempre es algo agradable o placentero. Este es el caso, sobre todo, de los recuerdos dolorosos y los patrones mentales y emocionales que se construyen alrededor de ellos. Lo puedes notar cuando la mente, de pronto, se convierte en una especie de reproductor de vídeo enloquecido que repite las escenas más desgradables de una situación. Quizás alguien te haya dicho algo que te ofendió y lo revives una y otra vez mientras reaccionas repetidamente al dolor de recordarlo, alimentando aún más el enfado y los juicios, con lo que se disparan muchas emociones aflictivas. Actúas como una polilla que choca una y otra vez contra la lámpara que la atrae y la quema. A veces puede parecerte que encuentras cierto placer en el dolor que te provocan esas emociones, aunque no es algo que harías con tu propio cuerpo (a nadie le gusta repetir y repetir un golpe que se dio en la cabeza con un poste en la calle). Lo haces sobre todo con recuerdos dolorosos hacia los que se ha orientado tu ser; como si repetir mil veces el recuerdo de una ofensa te diera un sentido de solidez más fijo y definido. Aferrarse a pensamientos dolorosos es un hábito arraigado que muchos tenemos que desaprender.
destruye una vida con alas.
Mas quien besa al vuelo la alegría
vive en el amanecer de la eternidad.
WILLIAM BLAKE.
Aquello a lo que te aferras no siempre es algo agradable o placentero. Este es el caso, sobre todo, de los recuerdos dolorosos y los patrones mentales y emocionales que se construyen alrededor de ellos. Lo puedes notar cuando la mente, de pronto, se convierte en una especie de reproductor de vídeo enloquecido que repite las escenas más desgradables de una situación. Quizás alguien te haya dicho algo que te ofendió y lo revives una y otra vez mientras reaccionas repetidamente al dolor de recordarlo, alimentando aún más el enfado y los juicios, con lo que se disparan muchas emociones aflictivas. Actúas como una polilla que choca una y otra vez contra la lámpara que la atrae y la quema. A veces puede parecerte que encuentras cierto placer en el dolor que te provocan esas emociones, aunque no es algo que harías con tu propio cuerpo (a nadie le gusta repetir y repetir un golpe que se dio en la cabeza con un poste en la calle). Lo haces sobre todo con recuerdos dolorosos hacia los que se ha orientado tu ser; como si repetir mil veces el recuerdo de una ofensa te diera un sentido de solidez más fijo y definido. Aferrarse a pensamientos dolorosos es un hábito arraigado que muchos tenemos que desaprender.
miércoles, 8 de enero de 2014
Desnudarse o despojarse. No es obligatorio despojarse del pasado sino, quizás, de algunas de nuestras actitudes psicológicas. Un paso importante en esta dirección podría consistir en aligerar los automatismos del pensamiento, en particular las expectativas y opiniones.
En la plena consciencia hay cuatro actitudes mentales importantes: NO JUZGAR. NO FILTRAR. NO AFERRARSE Y NO ESPERAR NADA. Cuatro actitudes que cultivar en los ejercicios de meditación, y cuatro renuncias como resultado.
NO JUZGAR significa no ceder a los juicios de valor que suelen llegar a la mente, no darles poder, no detenerse a escucharlos ni concederles todo el espacio.
RENUNCIAR A FILTRAR: permitir la presencia de sensaciones corporales, pensamientos o emociones, incluso los desagradables. Aceptar las incomodidades. Pero también, desde luego, aceptar lo bueno y lo agradable. Ni masoquismo ni hedonismo. Basta una consciencia abierta y curiosa, que acepte todo, pero que vaya donde quiera.
RENUNCIAR A AFERRARSE: no apegarse a lo agradable, que suele ser un automatismo básico. Liberarse del "ojalá que dure", liberarse de las angustias (naturales) que gravitan alrededor de la pérdida de lo que resulta agradable. Más vale saborear bien, con plena consciencia, lo que resulta agradable, en lugar de inquietarse por la futura desaparición. Es la "inquietud de la felicidad" que tanto les cuesta superar a numerosos ansiosos y deprimidos.
RENUNCIAR A ESPERAR ALGO: ¿despojarme de mis expectativas? "Pero sin expectativas, sin objetivos ¡no se va a ninguna parte!" Precisamente. En la consciencia plena no se intenta ir a ninguna parte que allí donde ya estamos...
------------------------------------------
Ya había llorado con amargura e impotencia infantil, antes de aquél sueño en torno a la epifanía. Una tarde, noche, del cinco de enero, hace mucho, mucho tiempo, en el pueblo. Mis padres, en la tienda, ocupados empaquetando los juguetes que los padres de los otros niños habían apartado para recoger más tarde. Llamaba con insistencia, unas veces gritando, otras con lamento cansino, y no obtenía respuesta. Quizás aquella tarde, noche de reyes, y mi amarga espera de lo imposible fueran el germen del sueño de los juguetes escondidos. Además nunca tuve un tren eléctrico como aquél que había visto días antes en uno de los mostradores. Me conformé con aquél que giraba en círculo y al que había que darle cuerda...El tren que no iba a ninguna parte. El tren del aquí y ahora de mi infancia.
En la plena consciencia hay cuatro actitudes mentales importantes: NO JUZGAR. NO FILTRAR. NO AFERRARSE Y NO ESPERAR NADA. Cuatro actitudes que cultivar en los ejercicios de meditación, y cuatro renuncias como resultado.
NO JUZGAR significa no ceder a los juicios de valor que suelen llegar a la mente, no darles poder, no detenerse a escucharlos ni concederles todo el espacio.
RENUNCIAR A FILTRAR: permitir la presencia de sensaciones corporales, pensamientos o emociones, incluso los desagradables. Aceptar las incomodidades. Pero también, desde luego, aceptar lo bueno y lo agradable. Ni masoquismo ni hedonismo. Basta una consciencia abierta y curiosa, que acepte todo, pero que vaya donde quiera.
RENUNCIAR A AFERRARSE: no apegarse a lo agradable, que suele ser un automatismo básico. Liberarse del "ojalá que dure", liberarse de las angustias (naturales) que gravitan alrededor de la pérdida de lo que resulta agradable. Más vale saborear bien, con plena consciencia, lo que resulta agradable, en lugar de inquietarse por la futura desaparición. Es la "inquietud de la felicidad" que tanto les cuesta superar a numerosos ansiosos y deprimidos.
RENUNCIAR A ESPERAR ALGO: ¿despojarme de mis expectativas? "Pero sin expectativas, sin objetivos ¡no se va a ninguna parte!" Precisamente. En la consciencia plena no se intenta ir a ninguna parte que allí donde ya estamos...
------------------------------------------
Ya había llorado con amargura e impotencia infantil, antes de aquél sueño en torno a la epifanía. Una tarde, noche, del cinco de enero, hace mucho, mucho tiempo, en el pueblo. Mis padres, en la tienda, ocupados empaquetando los juguetes que los padres de los otros niños habían apartado para recoger más tarde. Llamaba con insistencia, unas veces gritando, otras con lamento cansino, y no obtenía respuesta. Quizás aquella tarde, noche de reyes, y mi amarga espera de lo imposible fueran el germen del sueño de los juguetes escondidos. Además nunca tuve un tren eléctrico como aquél que había visto días antes en uno de los mostradores. Me conformé con aquél que giraba en círculo y al que había que darle cuerda...El tren que no iba a ninguna parte. El tren del aquí y ahora de mi infancia.
Recuerdo que, por estas fechas, hace mucho, mucho tiempo, después del paso de los magos desorientados, podíamos jugar con los juguetes que nos habían dejado al lado de los zapatos delante del balcón. Era a la mañana siguiente después de aquella noche de insomnio, ansiedad y expectativas ilusorias. Pero la fiesta se prolongaba y con ese buen criterio que, en contadas ocasiones, caracteriza a la autoridad educativa, más o menos competente, no volvíamos a la escuela inmediatamente después del seis de enero.
Tendría unos seis años y desperté aquella mañana después de haber soñado que un buen puñado de juguetes yacía escondido, como un tesoro del que solo aquél niño conocía su existencia, debajo de la máquina de coser de mi tía, que vivía tres o cuatro casas más arriba. Me vestí a toda prisa, y sin desayunar y todavía atónito por lo vívido del evento onírico, bajé las escaleras con presura y sigilo y corrí calle arriba hasta llegar al zaguán. La puerta de cristales estaba cerrada y la abrí con cuidado, porque no quería compartir con nadie el sueño. Me cercioré de que nadie me oía y avancé unos pasos hasta enfrentarme con la puerta del salón donde estaba la máquina de coser. El pulso, acelerado desde el despertar, incrementó su ritmo y puse mucho empeño en empujar aquella puerta, que no era fácil de abrir puesto que rozaba en el suelo, sin hacer ruido. Logré mi objetivo. Entré emocionado y con ilusión. El ojalá de niño soñador y fantasioso se pegó a todo mi ser y, sobre todo, a mis manos temblorosas. Por fín, en un acto de valentía inconmensurable, levanté la tela que cubría la máquina de coser y me topé de sopetón con una de las primeras decepciones de mi existencia de niño soñador. No recuerdo si lloré amargamente... quizás esa historia quede por contar.
Tendría unos seis años y desperté aquella mañana después de haber soñado que un buen puñado de juguetes yacía escondido, como un tesoro del que solo aquél niño conocía su existencia, debajo de la máquina de coser de mi tía, que vivía tres o cuatro casas más arriba. Me vestí a toda prisa, y sin desayunar y todavía atónito por lo vívido del evento onírico, bajé las escaleras con presura y sigilo y corrí calle arriba hasta llegar al zaguán. La puerta de cristales estaba cerrada y la abrí con cuidado, porque no quería compartir con nadie el sueño. Me cercioré de que nadie me oía y avancé unos pasos hasta enfrentarme con la puerta del salón donde estaba la máquina de coser. El pulso, acelerado desde el despertar, incrementó su ritmo y puse mucho empeño en empujar aquella puerta, que no era fácil de abrir puesto que rozaba en el suelo, sin hacer ruido. Logré mi objetivo. Entré emocionado y con ilusión. El ojalá de niño soñador y fantasioso se pegó a todo mi ser y, sobre todo, a mis manos temblorosas. Por fín, en un acto de valentía inconmensurable, levanté la tela que cubría la máquina de coser y me topé de sopetón con una de las primeras decepciones de mi existencia de niño soñador. No recuerdo si lloré amargamente... quizás esa historia quede por contar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

