Recuerdo que, por estas fechas, hace mucho, mucho tiempo, después del paso de los magos desorientados, podíamos jugar con los juguetes que nos habían dejado al lado de los zapatos delante del balcón. Era a la mañana siguiente después de aquella noche de insomnio, ansiedad y expectativas ilusorias. Pero la fiesta se prolongaba y con ese buen criterio que, en contadas ocasiones, caracteriza a la autoridad educativa, más o menos competente, no volvíamos a la escuela inmediatamente después del seis de enero.
Tendría unos seis años y desperté aquella mañana después de haber soñado que un buen puñado de juguetes yacía escondido, como un tesoro del que solo aquél niño conocía su existencia, debajo de la máquina de coser de mi tía, que vivía tres o cuatro casas más arriba. Me vestí a toda prisa, y sin desayunar y todavía atónito por lo vívido del evento onírico, bajé las escaleras con presura y sigilo y corrí calle arriba hasta llegar al zaguán. La puerta de cristales estaba cerrada y la abrí con cuidado, porque no quería compartir con nadie el sueño. Me cercioré de que nadie me oía y avancé unos pasos hasta enfrentarme con la puerta del salón donde estaba la máquina de coser. El pulso, acelerado desde el despertar, incrementó su ritmo y puse mucho empeño en empujar aquella puerta, que no era fácil de abrir puesto que rozaba en el suelo, sin hacer ruido. Logré mi objetivo. Entré emocionado y con ilusión. El ojalá de niño soñador y fantasioso se pegó a todo mi ser y, sobre todo, a mis manos temblorosas. Por fín, en un acto de valentía inconmensurable, levanté la tela que cubría la máquina de coser y me topé de sopetón con una de las primeras decepciones de mi existencia de niño soñador. No recuerdo si lloré amargamente... quizás esa historia quede por contar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario