sábado, 25 de enero de 2014

     LA LEY DE LAS VELAS

     Esa mujer con rictus de lechuga canta un aria desaforada y tropieza con la concha. Le clava la aguja de su zapato al apuntador atónito. El director de orquesta, melena al viento,  ordena el ataque molto vivace. El público ríe y se revuelca en el patio de butacas. Las candilejas se apagan de repente y los acomodadores huyen despavoridos. El Holandés Errante ha encallado al tropezar con la nariz de Lohengrin. El coro invade el escenario y todos cantan y bailan como posesos. Barítonos, vicetiples y sopranos rodean a los tenores que se encojen acogotados. La función no ha terminado. Es la hora del público y las puertas se cierran sin remedio. Comienza el espectáculo. La mujer con rictus de lechuga interpreta algo parecido a una marcha fúnebre. Su tono sube y sube, cada vez se torna más y más agudo. Arriba, arriba...Tímpanos ensangrentados también se elevan y adornan las enormes arañas que penden oscilantes sobre las butacas destartaladas. 

     No hay más cera que la que arde. Ni pabilo de ninguna clase, ni siquiera para las alpargatas del nibelungo.

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