Baño de Luna Llena. (Toda la noche de Blues).
Aquél niño pequeño que me acompañó durante el sueño, mientras el reflejo cósmico, extranjero y terrestre al mismo tiempo, inundaba la cama desde los pies hasta la cabeza. Toda la noche. Cuando me desperté ya se había ido, pero quedaba pegado a mí el recuerdo de su luz, de sus palabras, de aquella intuición insobornable y pura. La inocencia sin mancillar por sistemas y lecciones de libros polvorientos o programas diseñados para la búsqueda de empleo indigno, o para crear futuros emprendedores, a imagen y semejanza de los invisibles. El niño de la Luz. El niño que sólo crea, sin creer en nada. El niño que está vivo en cada uno desde el principio de los principios. El principio de la intuición. La semilla del ser humano sin prejuicios, todavía sin transgenizar y sin los tamices de comercios orquestados por gobernantes y magnates, mercachifles de leyes al servicio de las finanzas infinitas, depredadoras y nacidas ya muertas y matando.
El niño de la Luna Llena (sin mecanizar por sintetizadores manejados por artífices de música ñoña) en aquella noche de agosto de la madurez, en el sueño de aquél hombre que, poco a poco, vio la Luz y que, una mañana, cuando el Sol no se había asomado al balcón de las montañas de la nieve robada y borrada por Él mismo, desde la Primavera, comenzó a escribir la historia. El que al levantarse de la cama empapada aún por aquellas luces de cráteres inmensos, abría las cortinas para comprobar si el Satélite nadaba todavía en el horizonte rosáceo que el Padre Sol pintaba con un pincel suave, casi al amanecer.
Aquél niño que le acompañó toda su vida y al que había descubierto, en su verdadera dimensión, la noche anterior, ya no era el caprichoso, el que incordiaba y al que había que dar esquinazo al menor descuido. Era el que seguía jugando, cuando los amigos del pueblo ya se habían recogido en las noches de invierno. Se quedaba en la calle extasiado en sus fantasías, protagonista único y dueño de las aventuras que había ido aprendiendo de las escenas de las películas que pudo ver en aquella sala mágica del cine del pueblo. A veces, a pesar del frío, se arrastraba silencioso entre los setos de la glorieta y preparaba el asalto por sorpresa en aquellas selvas falsas de una Birmania desconocida para los demás, pero que él habitaba, reconocía y conquistaba, como el mejor de los héroes del celuloide en aquellos años finales de la década de mil novecientos cincuenta.
Otra vez en el sueño, el niño era testigo de como la incomprensión era la melodía principal en aquél blues caduco, que alguno de sus amigos estaban empeñados en seguir interpretando. El hombre había acudido a la fiesta de cumpleaños de uno de ellos, el más Jefe quizás, el que ponía la infraestructura y presidía, la mayoría de las veces en silencio, todos los acontecimientos musicales de aquél grupo, conjunto musical, que atravesaba una mala racha, a pesar de llevar veinticinco años en la tarea, con más intermitencias que continuidades en sus apariciones en público y sin ninguna grabación editada formalmente. Al parecer, se había colado en aquella fiesta de cumpleaños sin ser invitado, o, al menos en el sueño, no lo recordaba, porque, a veces, en los sueños se cuela el ave rapaz de la desmemoria. No hubo discusiones ni desplantes, ni una voz más alta que otra, como era habitual, aunque sí se notaba, entre los poros de la memoria de aquél hombre, el picorcillo de la incomprensión, esa leve desconexión mansa pero de una intensidad casi dañina, inusual en el relato de los sueños anteriores. Pero allí estaba el Niño de la luz que aparecía entre jarra y jarra de cerveza. Le acompañaba sin demandar, sin llorar y sin patalear como otras veces. Le seguía sin atosigarle. Le indicaba el camino, lo calmaba en los momentos de tensión cuando la intensidad dialéctica parecía desbordarse, como en el instante en que el Hombre del sueño se manifestó contra la pena de muerte, sin discusión, con las ideas claras, sin aspavientos. El niño que llevaba dentro no quería matar. Desde la luz de su sabiduría no académica, supo traspasarle la energía suficiente para poder demostrar que, en el mundo inconsciente de los seres evolucionados, se puede matar para seguir existiendo pero que, en armonía con su lado consciente, no era necesario matar, de ninguna de las maneras.
En aquél sueño, de aquella noche de verano inundada por la Luna llena, había salido airoso y en paz a pesar de haberse encontrado frente a la incertidumbre de varias encrucijadas. (Aquellos "Crossroads" que había cantado tantas veces. Los cruces de caminos de los demonios del compositor, que había descubierto el lado oscuro, la sombra, y la había iluminado tan sólo con tres acordes).
El Hombre del sueño de la noche de la luz lunar, se había sacado de la boca aquellas flemas que, más sólidas de lo acostumbrado, anidaban en lo más profundo de su garganta. Con dificultad pero con ahínco, logró extraer aquellas impurezas con los dedos, como si fuera un cirujano que extirpa una invasión no deseada. Al final de la operación, tiró de la cadena y cogió de la mano al niño que le siguió guiando durante toda la noche. Toda la noche de blues.
Concierto para violín y orquesta en Re Mayor, opus 35, de Pyotr Ilyich Tchaikovsky.
Se mostrarán poemas,escritos varios y desmemorias muchas. La música que me inspira,reconforta,me duerme y me despierta.Esos pajarillos en los olmos. Algún salmonconsejo, quizás algún recurso branquial a diario, o de vez en cuando. Aparecerán los sueños de toda la vida. No las ensoñaciones. Sueños para escuchar su mensaje y aprender a conectar, integrar, todas la facetas de nuestro ser multidimensional.
martes, 12 de agosto de 2014
lunes, 11 de agosto de 2014
"Al bufón se le permite una laxitud mayor que a otros miembros de la corte. Consigue prácticamente todo lo que quiere, porque todo el mundo sabe que, después de todo, no es más que un tonto. El bufón puede ir dando tumbos por ahí sin dignidad, decir cosas irrespetuosas, incluso burlarse del rey. En la vida interior de todos hay un rinconcito para la sabiduría del tonto...Se ha dicho que un tonto se convierte en sabio dejándose a sí mismo libre de ser tonto. Un tonto puede aprender muchas cosas aun siendo un tonto, pero se convierte en sabio cuando tiene la humildad de aceptarse a sí mismo tal como es."
miércoles, 6 de agosto de 2014
Espejos y mirada cóncava.
Los ojos hundidos, quizás vueltos hacia dentro. Fuera, al otro lado de un tiempo espeso, la Luna parpadea. Estás esperando algo. Ese tren que nunca se detiene. La lluvia sanadora. El pasado tan remoto. Esperando. Sin estación. A la vuelta de la esquina o detrás de cada punto y seguido brotan, en cadencia muy suave, más y más espejos. Reflejos: de humo adormecido al atardecer, de sonrisas perdidas, de ritmos sincopados y melodías inexplicables. Ahora te abrazan los silencios que sostienen espejos, recuerdos sin porvenir y lágrimas aún pendientes de brotar. Y en aquél rincón famoso al que hiciste una canción, descansan montañas de fotos yermas por encima de los valles de reflejos sin ritmo y sonrisas mansas y súplicas estériles. A ras de suelo se adivina la cueva donde yacen aún tus monstruos hibernados.
Por fin amanece y la luz disuelve con dulzura aquella tristeza incontenible.
Los ojos hundidos, quizás vueltos hacia dentro. Fuera, al otro lado de un tiempo espeso, la Luna parpadea. Estás esperando algo. Ese tren que nunca se detiene. La lluvia sanadora. El pasado tan remoto. Esperando. Sin estación. A la vuelta de la esquina o detrás de cada punto y seguido brotan, en cadencia muy suave, más y más espejos. Reflejos: de humo adormecido al atardecer, de sonrisas perdidas, de ritmos sincopados y melodías inexplicables. Ahora te abrazan los silencios que sostienen espejos, recuerdos sin porvenir y lágrimas aún pendientes de brotar. Y en aquél rincón famoso al que hiciste una canción, descansan montañas de fotos yermas por encima de los valles de reflejos sin ritmo y sonrisas mansas y súplicas estériles. A ras de suelo se adivina la cueva donde yacen aún tus monstruos hibernados.
Por fin amanece y la luz disuelve con dulzura aquella tristeza incontenible.
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