miércoles, 6 de agosto de 2014

Espejos y mirada cóncava.

Los ojos hundidos, quizás vueltos hacia dentro. Fuera, al otro lado de un tiempo espeso, la Luna parpadea. Estás esperando algo. Ese tren que nunca se detiene. La lluvia sanadora. El pasado tan remoto. Esperando. Sin estación. A la vuelta de la esquina o detrás de cada punto y seguido brotan, en cadencia muy suave, más y más espejos. Reflejos: de humo adormecido al atardecer, de sonrisas perdidas, de ritmos sincopados y melodías inexplicables. Ahora te abrazan los silencios que sostienen espejos, recuerdos sin porvenir y lágrimas aún pendientes de brotar. Y en aquél rincón famoso al que hiciste una canción, descansan montañas de fotos yermas por encima de los valles de reflejos sin ritmo y sonrisas mansas y súplicas estériles. A ras de suelo se adivina la cueva donde yacen aún tus monstruos hibernados.
Por fin amanece y la luz disuelve con dulzura aquella tristeza incontenible.

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