El profesor entra en el aula. Los alumnos le siguen y
comienzan a hace ruido, arrastran de forma impenitente y alevosa las sillas,
como de costumbre. Borra la pizarra blanca que otros han dejado fermentar con
signos ininteligibles. Comienza a refunfuñar y alterarse. El ruido no cesa. De
repente los alumnos, al unísono, golpean las mesas dejando caer brutalmente
carpetas y mochilas. Todos los días igual, todos los días igual, masculla el
profesor. Encolerizado, abre su cartera de piel marrón otoñal, envejecida pero
aún consistente, como su autoestima, y extrae un spray de pintura roja, de los
que usan algunos de sus alumnos para llenar las paredes con graffiti. Sin
mediar palabra, comienza a rociarles con pintura roja mientras salta y grita
como un simio por encima de las mesas, dando patadas a los monitores de los
ordenadores antediluvianos. Cae al suelo al llegar al fondo del aula y se
levanta mientras balbucea: fastuosos medios técnicos… Los alumnos,
estupefactos, no dan crédito a lo que están viviendo y quedan impávidos e
inmóviles aferrados a sus sillas como estatuas sangrantes. Poco a poco,
lívidos, temblorosos y empapados en sudor, comienzan a reaccionar y algunas
lágrimas y sollozos tintan el ambiente enrarecido. El profesor vuelve a su mesa
y extrae de la cartera, con actitud ceremoniosa, como de mago aficionado, un
plumero que sujeta a su cabeza con una felpa elástica, sin logotipo comercial,
y embiste como un novillo, con precisión inusitada, el rostro de cada uno de
sus alumnos que se miran unos a otros con estupefacción e incredulidad
manifiesta. Parece que las cosquillas han surtido el efecto deseado porque
reaccionan en cadena, y se tiran uno tras otro por la ventana. Afortunadamente
la ventana está en la planta baja y no sufren daño alguno. La lección está
aprendida.
El fin de semana siguiente, el profesor visita a los alumnos internados en el Centro Terapéutico
de Disfunciones Psicopatológicas. Algunos deambulan por los jardines con la
mirada perdida, quizás en algún territorio de un pasado no muy lejano. Otros
suben y bajan a toda velocidad de los olmos y encinas centenarias, y sólo
alguno ha permanecido en su habitación y parece observar, melancólico, cómo una
lluvia fina lava tejados, ramas deshojadas, rencores y algún que otro
malentendido.
A mediodía, todos se sientan a la mesa bajo una carpa de
lona de color azul cielo, y degustan una paella cocinada por el profesor y
algunos de los alumnos que, finalmente, no fueron internados.
Al atardecer contemplan en silencio la puesta de Sol.
Poco a poco, internos y liberados se despiden con abrazos y alguna
lágrima fugaz después de la merienda. Con las últimas luces, unos quedan y
otros atraviesan la verja maltratada por el óxido. Saben que ya nunca volverán
a ser los mismos. Afortunadamente.