ABIERTO EN CANAL
A la intemperie, en medio de la tormenta, sin arcoiris que lamer con la mirada. Ese costurón desde el abdomen hasta el pecho. Pespunteado desde tiempo inmemorial, ahora suave, como zapateado ligero al otro lado del océano...Esa lluvia fina que todo lo cicatriza, acaricia tu herida después del vendaval. Ahora te sientas bajo el olmo maltrecho por la gusanería y conectas con el viajero, recuerdas aquella frase que te abrió, también en canal, una mañana de otoño, parte de la mente: "Los fenómenos ligados a la estaciones tienen lugar todos los días a pequeña escala en cualquier laguna...El día es un resumen del año." La contundencia del que observa con el pensamiento abierto. Abierto en canal. Conectado. Comunicando lo más profundo con todo loque nos rodea.
Y esa otra lluvia, tenue y persistente, que se desborda con mansedumbre desde el borde de tus párpados, lava que te lava todos los recuerdos. De dos en dos, de cien en cien. A miles. En un abrir y cerrar de ojos. Ahora con la mirada un poco más lúcida eres capaz de conducir el relato de tu vida y de los sueños de los que tanto has aprendido...Escribes otra vez: de la oscuridad nace la luz. Dejas que fluya esa energía alquímica y melancólica. Te dejas llevar por esta extraña terapia otoñal de calor-frío, frío-calor, que pudiera servir para las inflamaciones de los pensamientos y las emociones, y te vuelves a perder en disquisiciones meteorológicoterapéuticas. Aunque, después de aquella lluvia endeble, vuelve a brotar alguna flor otoñal, extraña, indómita y con aire de poema mas o menos triste:
Y ahora, aquí, en la soledad de la mañana. Otoño. Tantas y tantas hojas. Y tus ojos. Y los míos maltrechos, que apenas atisban la probabilidad de encontrarse con los tuyos. Y esta cadencia como grito suave que te busca. Como esa danza amorosa (quizás alguna vez) que quiere envolverte, en abrazo. Y te inunda sin ahogarte.
Y detrás de estos párpados maduros
brotan muy brillantes dos perlas irisadas
desde el fondo de la noche.
Desde las profundidades (matarile. rile, rón)
de babor a estribor. Hasta que el Sol renazca.
Como tú y como yo.
"Meu coraçao nao se cansa/ de ter esperança/ de um dia ser tudo o que quer/ de um vulto feliz de mulher/ que passou por meus sonhos sem dizer adeus/ e fez dos olhos meus/ um chorar mais sem tim/ Meu coraçao vagabundo/ quer guardar o mundo em mim".
También hubo hueco, en el quirófano de las letras, para la cirugía cardiovascular, aunque de las cicatrices más antiguas ya hablaremos, porque la más palpable pudiera perdurar en la palma de la mano. Abierta de par en par. Como territorio inexplorado, como página en blanco, como futuro malpaís...con la mano en el corazón, volcán que se desborda.
Se mostrarán poemas,escritos varios y desmemorias muchas. La música que me inspira,reconforta,me duerme y me despierta.Esos pajarillos en los olmos. Algún salmonconsejo, quizás algún recurso branquial a diario, o de vez en cuando. Aparecerán los sueños de toda la vida. No las ensoñaciones. Sueños para escuchar su mensaje y aprender a conectar, integrar, todas la facetas de nuestro ser multidimensional.
miércoles, 26 de noviembre de 2014
miércoles, 19 de noviembre de 2014
SOMBRAS Y SUEÑOS
Mientras fregaba los cacharros, aquella negrura incrustada en el fondo de la olla le había hecho sudar ramilletes de albahaca. Entusiasmado por perfumes fútiles y recuerdos vanos, sin saber cómo, concluyó que estaba enamorado de su propia sombra, mas bien por haber caído en su propia artimaña lingüística al querer construir frases agradables y al mismo tiempo inconsistentes, en lugar de tomarse en serio los sueños y forjarse con seriedad una nocturna convicción estética. No pensaba en su sombra como proyección oscura de un posible otro yo bajo el Sol, sino que se veía como un fantasma vagando de madrugada por las calles desiertas de aquél pueblo también fantasmal, siempre fuera de la temporada turística, por supuesto. Sus pensamientos se fueron alargando como sombras hacia el atardecer, mientras la espuma se colaba entre sus dedos y percibía que su trabajo consistía precisamente en eso, en fregar su sombra como si fuera un cacharro mas para que sus ojos quedaran agradecidos al brillo que los alimentaba desde platos, ollas, vasos y cubiertos. De repente pensó que debía recuperar aquella grabadora antigua para poder atrapar, para siempre, los pensamientos que se le ocurrían entre enjuague y enjuague. Fué así como llegó, quizás después de muchas vueltas de cinta en silencio, a la conclusión de que su memoria estaba plagada de momentos como el que estaba viviendo aquella tarde de otoño, nubes pasajeras y un olor a mar que había anidado en su ánimo convirtiendo su ansiedad en una esperanzadora singladura por un mar de nuevo en calma.
Mientras fregaba los cacharros, aquella negrura incrustada en el fondo de la olla le había hecho sudar ramilletes de albahaca. Entusiasmado por perfumes fútiles y recuerdos vanos, sin saber cómo, concluyó que estaba enamorado de su propia sombra, mas bien por haber caído en su propia artimaña lingüística al querer construir frases agradables y al mismo tiempo inconsistentes, en lugar de tomarse en serio los sueños y forjarse con seriedad una nocturna convicción estética. No pensaba en su sombra como proyección oscura de un posible otro yo bajo el Sol, sino que se veía como un fantasma vagando de madrugada por las calles desiertas de aquél pueblo también fantasmal, siempre fuera de la temporada turística, por supuesto. Sus pensamientos se fueron alargando como sombras hacia el atardecer, mientras la espuma se colaba entre sus dedos y percibía que su trabajo consistía precisamente en eso, en fregar su sombra como si fuera un cacharro mas para que sus ojos quedaran agradecidos al brillo que los alimentaba desde platos, ollas, vasos y cubiertos. De repente pensó que debía recuperar aquella grabadora antigua para poder atrapar, para siempre, los pensamientos que se le ocurrían entre enjuague y enjuague. Fué así como llegó, quizás después de muchas vueltas de cinta en silencio, a la conclusión de que su memoria estaba plagada de momentos como el que estaba viviendo aquella tarde de otoño, nubes pasajeras y un olor a mar que había anidado en su ánimo convirtiendo su ansiedad en una esperanzadora singladura por un mar de nuevo en calma.
ELLOS CREEN QUE DECIDEN PERO NO ALCANZAN CON SUS GARRAS EL CORAZÓN INMENSO...
Por la autoridad que me confieren los sueños de cada noche, destierro de mi alma, para siempre, a los sin alma...
Amor...o sensible intento de saborear el mar a tragos leves. Laica proposición de navegar contigo, mientras tiramos por la borda aparejos inútiles, mi amor, como ese cuadro desolador, que ni tú ni yo pintamos, de las primeras planas de los periódicos, borrón de pintores de brocha gorda, ese dedo amenazador, arranca corazones, manchado de pintura gris que nubla el porvenir de tantos pueblos...ya perdieron la visión fugaz de aquella estrella que corría rauda a besarlos en la frente...hoy en tantas partes del Planeta palpita un corazón inmenso, intacto, invulnerable y de latido profundo, lejos del estiércol estéril de sus manos torpes.
Ellos creen que deciden, pero no alcanzan con sus garras el corazón inmenso.
Por la autoridad que me confieren los sueños de cada noche, destierro de mi alma, para siempre, a los sin alma...
Amor...o sensible intento de saborear el mar a tragos leves. Laica proposición de navegar contigo, mientras tiramos por la borda aparejos inútiles, mi amor, como ese cuadro desolador, que ni tú ni yo pintamos, de las primeras planas de los periódicos, borrón de pintores de brocha gorda, ese dedo amenazador, arranca corazones, manchado de pintura gris que nubla el porvenir de tantos pueblos...ya perdieron la visión fugaz de aquella estrella que corría rauda a besarlos en la frente...hoy en tantas partes del Planeta palpita un corazón inmenso, intacto, invulnerable y de latido profundo, lejos del estiércol estéril de sus manos torpes.
Ellos creen que deciden, pero no alcanzan con sus garras el corazón inmenso.
INTROSPECCIÓN
Tu interior.
Anegado por las lágrimas comienza a moverse como una estancia que huye de la mansión en la que cumplía condena. Ahora, te dices, todo volverá a ser como hace unos días...ya estaba mejor y, en un instante, aparecen los nubarrones desde Poniente. Meteorología de las emociones, pronóstico de los estados de ánimo. Probabilidades: ¿estabilidad? ¿Poner los pies en el suelo? ¿Dónde está el suelo? ¿Éste suelo cenagoso que me hiere de muerte? Ni siquiera vas a buscar el impermeable. Y la angustia recorre insaciable todos los rincones. Sientes el aguijón venenoso hasta el escándalo y la soledad que anida en el borde de los ojos. Salvaje y mortal, toda la sangre derramada desde la niñez. ¿Dónde mueren las gaviotas?
El día en que dobles la lengua en canal se disiparán todas tus penas.
Locura.
Es para tí tan fácil volver a caer, sobre todo si no lo piensas. Algunas veces te coge por sorpresa, otras lo ves venir. Quizás difícil de explicar, aunque lo catalogas como sensación ancestral. Te pierdes en tí mismo, mientras pasas las horas sentado en aquél café...De pronto comienzas a hablar: los fantasmas del pasado son una mera construcción formal para conversadores aburridos, hartos quizás de mirar los rostros desfigurados de la gente que camina atropellada y que, en tu mundo, existe un instante fuera tras los cristales de esta cafetería mundana, quizás lloviendo, con viento, al atardecer, en noviembre quizás...Y te miras en el gran espejo, marco de falso rococó, del salón de sillones profundos y ves a alguien que no eres tú, al menos en ese lapso que te ha parecido infinito. Son como fantasmas, prosigues casi sin respirar, no existen, te vuelves a contradecir, porque se pulverizan al vivir ese presente falso y anodino. Y os digo esto porque, desde pequeño, he tenido la sensación de que todo a mi alrededor era inevitable y ahora no soporto la idea de que está en mis manos poder cambiarlo todo. O quizás en mi mente. Los compañeros de mesa vuelven a preguntarte, como siempre: ¿cómo?. Aunque estén acostumbrados a escuchar la misma cantinela. Y sonríes agitando las cejas levemente. Los demás, boquiabiertos, contemplan esa disertación ya que, otra vez, te limitas a gesticular de forma exagerada y a balbucear incoherencias, casi en un susurro...Y comienzan a sospechar que tu demencia acaba de alcanzar cotas insuperables. Ellos piden otra ronda y tú escribes en el aire, pero el camarero ni siquiera te ve desde el otro lado del espejo.
Tu interior.
Anegado por las lágrimas comienza a moverse como una estancia que huye de la mansión en la que cumplía condena. Ahora, te dices, todo volverá a ser como hace unos días...ya estaba mejor y, en un instante, aparecen los nubarrones desde Poniente. Meteorología de las emociones, pronóstico de los estados de ánimo. Probabilidades: ¿estabilidad? ¿Poner los pies en el suelo? ¿Dónde está el suelo? ¿Éste suelo cenagoso que me hiere de muerte? Ni siquiera vas a buscar el impermeable. Y la angustia recorre insaciable todos los rincones. Sientes el aguijón venenoso hasta el escándalo y la soledad que anida en el borde de los ojos. Salvaje y mortal, toda la sangre derramada desde la niñez. ¿Dónde mueren las gaviotas?
El día en que dobles la lengua en canal se disiparán todas tus penas.
Locura.
Es para tí tan fácil volver a caer, sobre todo si no lo piensas. Algunas veces te coge por sorpresa, otras lo ves venir. Quizás difícil de explicar, aunque lo catalogas como sensación ancestral. Te pierdes en tí mismo, mientras pasas las horas sentado en aquél café...De pronto comienzas a hablar: los fantasmas del pasado son una mera construcción formal para conversadores aburridos, hartos quizás de mirar los rostros desfigurados de la gente que camina atropellada y que, en tu mundo, existe un instante fuera tras los cristales de esta cafetería mundana, quizás lloviendo, con viento, al atardecer, en noviembre quizás...Y te miras en el gran espejo, marco de falso rococó, del salón de sillones profundos y ves a alguien que no eres tú, al menos en ese lapso que te ha parecido infinito. Son como fantasmas, prosigues casi sin respirar, no existen, te vuelves a contradecir, porque se pulverizan al vivir ese presente falso y anodino. Y os digo esto porque, desde pequeño, he tenido la sensación de que todo a mi alrededor era inevitable y ahora no soporto la idea de que está en mis manos poder cambiarlo todo. O quizás en mi mente. Los compañeros de mesa vuelven a preguntarte, como siempre: ¿cómo?. Aunque estén acostumbrados a escuchar la misma cantinela. Y sonríes agitando las cejas levemente. Los demás, boquiabiertos, contemplan esa disertación ya que, otra vez, te limitas a gesticular de forma exagerada y a balbucear incoherencias, casi en un susurro...Y comienzan a sospechar que tu demencia acaba de alcanzar cotas insuperables. Ellos piden otra ronda y tú escribes en el aire, pero el camarero ni siquiera te ve desde el otro lado del espejo.
viernes, 26 de septiembre de 2014
OTOÑO
Otra vez. Cambio de estación. Evolución. Aumenta la distancia. Estamos de traslado, órbita de año en año, mientras la noche aprovecha, sutil, dia a dia, la distracción solar. A su ritmo. Tranquilamente, tranquilamente. Y las nubes a brochazos, a pinceladas, modeladas, trabajadas por el viento, como tus pensamientos. Déjalos pasar, déjalos pasar...
"...Y sabemos colectivamente que la experiencia repetida con el tiempo acaba creando un agregado neuronal relativo a ella, y que, finalmente, se convierte en parte del propio individuo. En el ámbito de la experiencia de la luz, siempre presente en nosotros, el Sol se convierte en la via de acceso a través de la cual el Universo comunica su sabiduría al ser humano, utilizando un lenguaje específico: el código de la luz. ¿Perdimos por completo la sabiduría milenaria de los procesos celestiales? ¿Ocultamos deliberadamente las señales celestiales de la Humanidad? ¿Olvidamos el camino del Sol?
Alessandro Bertirotti. Antropólogo de la mente. Profesor de Antropología Cultural. Universidad de Firenze. Italia.
Otra vez. Cambio de estación. Evolución. Aumenta la distancia. Estamos de traslado, órbita de año en año, mientras la noche aprovecha, sutil, dia a dia, la distracción solar. A su ritmo. Tranquilamente, tranquilamente. Y las nubes a brochazos, a pinceladas, modeladas, trabajadas por el viento, como tus pensamientos. Déjalos pasar, déjalos pasar...
"...Y sabemos colectivamente que la experiencia repetida con el tiempo acaba creando un agregado neuronal relativo a ella, y que, finalmente, se convierte en parte del propio individuo. En el ámbito de la experiencia de la luz, siempre presente en nosotros, el Sol se convierte en la via de acceso a través de la cual el Universo comunica su sabiduría al ser humano, utilizando un lenguaje específico: el código de la luz. ¿Perdimos por completo la sabiduría milenaria de los procesos celestiales? ¿Ocultamos deliberadamente las señales celestiales de la Humanidad? ¿Olvidamos el camino del Sol?
Alessandro Bertirotti. Antropólogo de la mente. Profesor de Antropología Cultural. Universidad de Firenze. Italia.
martes, 12 de agosto de 2014
Baño de Luna Llena. (Toda la noche de Blues).
Aquél niño pequeño que me acompañó durante el sueño, mientras el reflejo cósmico, extranjero y terrestre al mismo tiempo, inundaba la cama desde los pies hasta la cabeza. Toda la noche. Cuando me desperté ya se había ido, pero quedaba pegado a mí el recuerdo de su luz, de sus palabras, de aquella intuición insobornable y pura. La inocencia sin mancillar por sistemas y lecciones de libros polvorientos o programas diseñados para la búsqueda de empleo indigno, o para crear futuros emprendedores, a imagen y semejanza de los invisibles. El niño de la Luz. El niño que sólo crea, sin creer en nada. El niño que está vivo en cada uno desde el principio de los principios. El principio de la intuición. La semilla del ser humano sin prejuicios, todavía sin transgenizar y sin los tamices de comercios orquestados por gobernantes y magnates, mercachifles de leyes al servicio de las finanzas infinitas, depredadoras y nacidas ya muertas y matando.
El niño de la Luna Llena (sin mecanizar por sintetizadores manejados por artífices de música ñoña) en aquella noche de agosto de la madurez, en el sueño de aquél hombre que, poco a poco, vio la Luz y que, una mañana, cuando el Sol no se había asomado al balcón de las montañas de la nieve robada y borrada por Él mismo, desde la Primavera, comenzó a escribir la historia. El que al levantarse de la cama empapada aún por aquellas luces de cráteres inmensos, abría las cortinas para comprobar si el Satélite nadaba todavía en el horizonte rosáceo que el Padre Sol pintaba con un pincel suave, casi al amanecer.
Aquél niño que le acompañó toda su vida y al que había descubierto, en su verdadera dimensión, la noche anterior, ya no era el caprichoso, el que incordiaba y al que había que dar esquinazo al menor descuido. Era el que seguía jugando, cuando los amigos del pueblo ya se habían recogido en las noches de invierno. Se quedaba en la calle extasiado en sus fantasías, protagonista único y dueño de las aventuras que había ido aprendiendo de las escenas de las películas que pudo ver en aquella sala mágica del cine del pueblo. A veces, a pesar del frío, se arrastraba silencioso entre los setos de la glorieta y preparaba el asalto por sorpresa en aquellas selvas falsas de una Birmania desconocida para los demás, pero que él habitaba, reconocía y conquistaba, como el mejor de los héroes del celuloide en aquellos años finales de la década de mil novecientos cincuenta.
Otra vez en el sueño, el niño era testigo de como la incomprensión era la melodía principal en aquél blues caduco, que alguno de sus amigos estaban empeñados en seguir interpretando. El hombre había acudido a la fiesta de cumpleaños de uno de ellos, el más Jefe quizás, el que ponía la infraestructura y presidía, la mayoría de las veces en silencio, todos los acontecimientos musicales de aquél grupo, conjunto musical, que atravesaba una mala racha, a pesar de llevar veinticinco años en la tarea, con más intermitencias que continuidades en sus apariciones en público y sin ninguna grabación editada formalmente. Al parecer, se había colado en aquella fiesta de cumpleaños sin ser invitado, o, al menos en el sueño, no lo recordaba, porque, a veces, en los sueños se cuela el ave rapaz de la desmemoria. No hubo discusiones ni desplantes, ni una voz más alta que otra, como era habitual, aunque sí se notaba, entre los poros de la memoria de aquél hombre, el picorcillo de la incomprensión, esa leve desconexión mansa pero de una intensidad casi dañina, inusual en el relato de los sueños anteriores. Pero allí estaba el Niño de la luz que aparecía entre jarra y jarra de cerveza. Le acompañaba sin demandar, sin llorar y sin patalear como otras veces. Le seguía sin atosigarle. Le indicaba el camino, lo calmaba en los momentos de tensión cuando la intensidad dialéctica parecía desbordarse, como en el instante en que el Hombre del sueño se manifestó contra la pena de muerte, sin discusión, con las ideas claras, sin aspavientos. El niño que llevaba dentro no quería matar. Desde la luz de su sabiduría no académica, supo traspasarle la energía suficiente para poder demostrar que, en el mundo inconsciente de los seres evolucionados, se puede matar para seguir existiendo pero que, en armonía con su lado consciente, no era necesario matar, de ninguna de las maneras.
En aquél sueño, de aquella noche de verano inundada por la Luna llena, había salido airoso y en paz a pesar de haberse encontrado frente a la incertidumbre de varias encrucijadas. (Aquellos "Crossroads" que había cantado tantas veces. Los cruces de caminos de los demonios del compositor, que había descubierto el lado oscuro, la sombra, y la había iluminado tan sólo con tres acordes).
El Hombre del sueño de la noche de la luz lunar, se había sacado de la boca aquellas flemas que, más sólidas de lo acostumbrado, anidaban en lo más profundo de su garganta. Con dificultad pero con ahínco, logró extraer aquellas impurezas con los dedos, como si fuera un cirujano que extirpa una invasión no deseada. Al final de la operación, tiró de la cadena y cogió de la mano al niño que le siguió guiando durante toda la noche. Toda la noche de blues.
Concierto para violín y orquesta en Re Mayor, opus 35, de Pyotr Ilyich Tchaikovsky.
Aquél niño pequeño que me acompañó durante el sueño, mientras el reflejo cósmico, extranjero y terrestre al mismo tiempo, inundaba la cama desde los pies hasta la cabeza. Toda la noche. Cuando me desperté ya se había ido, pero quedaba pegado a mí el recuerdo de su luz, de sus palabras, de aquella intuición insobornable y pura. La inocencia sin mancillar por sistemas y lecciones de libros polvorientos o programas diseñados para la búsqueda de empleo indigno, o para crear futuros emprendedores, a imagen y semejanza de los invisibles. El niño de la Luz. El niño que sólo crea, sin creer en nada. El niño que está vivo en cada uno desde el principio de los principios. El principio de la intuición. La semilla del ser humano sin prejuicios, todavía sin transgenizar y sin los tamices de comercios orquestados por gobernantes y magnates, mercachifles de leyes al servicio de las finanzas infinitas, depredadoras y nacidas ya muertas y matando.
El niño de la Luna Llena (sin mecanizar por sintetizadores manejados por artífices de música ñoña) en aquella noche de agosto de la madurez, en el sueño de aquél hombre que, poco a poco, vio la Luz y que, una mañana, cuando el Sol no se había asomado al balcón de las montañas de la nieve robada y borrada por Él mismo, desde la Primavera, comenzó a escribir la historia. El que al levantarse de la cama empapada aún por aquellas luces de cráteres inmensos, abría las cortinas para comprobar si el Satélite nadaba todavía en el horizonte rosáceo que el Padre Sol pintaba con un pincel suave, casi al amanecer.
Aquél niño que le acompañó toda su vida y al que había descubierto, en su verdadera dimensión, la noche anterior, ya no era el caprichoso, el que incordiaba y al que había que dar esquinazo al menor descuido. Era el que seguía jugando, cuando los amigos del pueblo ya se habían recogido en las noches de invierno. Se quedaba en la calle extasiado en sus fantasías, protagonista único y dueño de las aventuras que había ido aprendiendo de las escenas de las películas que pudo ver en aquella sala mágica del cine del pueblo. A veces, a pesar del frío, se arrastraba silencioso entre los setos de la glorieta y preparaba el asalto por sorpresa en aquellas selvas falsas de una Birmania desconocida para los demás, pero que él habitaba, reconocía y conquistaba, como el mejor de los héroes del celuloide en aquellos años finales de la década de mil novecientos cincuenta.
Otra vez en el sueño, el niño era testigo de como la incomprensión era la melodía principal en aquél blues caduco, que alguno de sus amigos estaban empeñados en seguir interpretando. El hombre había acudido a la fiesta de cumpleaños de uno de ellos, el más Jefe quizás, el que ponía la infraestructura y presidía, la mayoría de las veces en silencio, todos los acontecimientos musicales de aquél grupo, conjunto musical, que atravesaba una mala racha, a pesar de llevar veinticinco años en la tarea, con más intermitencias que continuidades en sus apariciones en público y sin ninguna grabación editada formalmente. Al parecer, se había colado en aquella fiesta de cumpleaños sin ser invitado, o, al menos en el sueño, no lo recordaba, porque, a veces, en los sueños se cuela el ave rapaz de la desmemoria. No hubo discusiones ni desplantes, ni una voz más alta que otra, como era habitual, aunque sí se notaba, entre los poros de la memoria de aquél hombre, el picorcillo de la incomprensión, esa leve desconexión mansa pero de una intensidad casi dañina, inusual en el relato de los sueños anteriores. Pero allí estaba el Niño de la luz que aparecía entre jarra y jarra de cerveza. Le acompañaba sin demandar, sin llorar y sin patalear como otras veces. Le seguía sin atosigarle. Le indicaba el camino, lo calmaba en los momentos de tensión cuando la intensidad dialéctica parecía desbordarse, como en el instante en que el Hombre del sueño se manifestó contra la pena de muerte, sin discusión, con las ideas claras, sin aspavientos. El niño que llevaba dentro no quería matar. Desde la luz de su sabiduría no académica, supo traspasarle la energía suficiente para poder demostrar que, en el mundo inconsciente de los seres evolucionados, se puede matar para seguir existiendo pero que, en armonía con su lado consciente, no era necesario matar, de ninguna de las maneras.
En aquél sueño, de aquella noche de verano inundada por la Luna llena, había salido airoso y en paz a pesar de haberse encontrado frente a la incertidumbre de varias encrucijadas. (Aquellos "Crossroads" que había cantado tantas veces. Los cruces de caminos de los demonios del compositor, que había descubierto el lado oscuro, la sombra, y la había iluminado tan sólo con tres acordes).
El Hombre del sueño de la noche de la luz lunar, se había sacado de la boca aquellas flemas que, más sólidas de lo acostumbrado, anidaban en lo más profundo de su garganta. Con dificultad pero con ahínco, logró extraer aquellas impurezas con los dedos, como si fuera un cirujano que extirpa una invasión no deseada. Al final de la operación, tiró de la cadena y cogió de la mano al niño que le siguió guiando durante toda la noche. Toda la noche de blues.
Concierto para violín y orquesta en Re Mayor, opus 35, de Pyotr Ilyich Tchaikovsky.
lunes, 11 de agosto de 2014
"Al bufón se le permite una laxitud mayor que a otros miembros de la corte. Consigue prácticamente todo lo que quiere, porque todo el mundo sabe que, después de todo, no es más que un tonto. El bufón puede ir dando tumbos por ahí sin dignidad, decir cosas irrespetuosas, incluso burlarse del rey. En la vida interior de todos hay un rinconcito para la sabiduría del tonto...Se ha dicho que un tonto se convierte en sabio dejándose a sí mismo libre de ser tonto. Un tonto puede aprender muchas cosas aun siendo un tonto, pero se convierte en sabio cuando tiene la humildad de aceptarse a sí mismo tal como es."
miércoles, 6 de agosto de 2014
Espejos y mirada cóncava.
Los ojos hundidos, quizás vueltos hacia dentro. Fuera, al otro lado de un tiempo espeso, la Luna parpadea. Estás esperando algo. Ese tren que nunca se detiene. La lluvia sanadora. El pasado tan remoto. Esperando. Sin estación. A la vuelta de la esquina o detrás de cada punto y seguido brotan, en cadencia muy suave, más y más espejos. Reflejos: de humo adormecido al atardecer, de sonrisas perdidas, de ritmos sincopados y melodías inexplicables. Ahora te abrazan los silencios que sostienen espejos, recuerdos sin porvenir y lágrimas aún pendientes de brotar. Y en aquél rincón famoso al que hiciste una canción, descansan montañas de fotos yermas por encima de los valles de reflejos sin ritmo y sonrisas mansas y súplicas estériles. A ras de suelo se adivina la cueva donde yacen aún tus monstruos hibernados.
Por fin amanece y la luz disuelve con dulzura aquella tristeza incontenible.
Los ojos hundidos, quizás vueltos hacia dentro. Fuera, al otro lado de un tiempo espeso, la Luna parpadea. Estás esperando algo. Ese tren que nunca se detiene. La lluvia sanadora. El pasado tan remoto. Esperando. Sin estación. A la vuelta de la esquina o detrás de cada punto y seguido brotan, en cadencia muy suave, más y más espejos. Reflejos: de humo adormecido al atardecer, de sonrisas perdidas, de ritmos sincopados y melodías inexplicables. Ahora te abrazan los silencios que sostienen espejos, recuerdos sin porvenir y lágrimas aún pendientes de brotar. Y en aquél rincón famoso al que hiciste una canción, descansan montañas de fotos yermas por encima de los valles de reflejos sin ritmo y sonrisas mansas y súplicas estériles. A ras de suelo se adivina la cueva donde yacen aún tus monstruos hibernados.
Por fin amanece y la luz disuelve con dulzura aquella tristeza incontenible.
lunes, 5 de mayo de 2014
Aparece la modistilla con su retahíla de pesamientos deshilachados. Empuja su carrito lleno de retales, un montón de piezas "vintage", irremediables, irremendables. Con lágrimas de caimana bien adiestrada, horas y horas delante del espejo, acude al jefe. Es el costurero de métodos desfasados y autoridad más que discutible. El que nunca será líder. El que parece que gana pero siempre, o casi, pierde, sobre todo el Norte.
Al otro lado de la calle, casi a las puertas de la fábrica-cortijo (jamás podría, ni por asomo tras la tapia tremenda, llegar a ser un falansterio, sobre todo por las rigideces de la cadena de mando), está el hombre desnudo, sin columna ni desierto, a ras de suelo como la mayoría de sus razonamientos. La cabeza mastodóntica obstruye la entrada y casi cualquier salida. Es el rey del callejón. También fue capaz de construir un personaje ciclotímico a golpe de miradas que cincelaron el azogue, día tras día.
A la vuelta de la esquina, sentada en la acera, la niña psicótica chilla y patalea sin importarle el mundo, ni los vecinos, ni los motoristas descerebrados que transitan desbocados en un intento de hacer curva la esquina cartesiana.
Transcurridos unos minutos, vocifera la sirena y todo vuelve a ser anormal como todos los días, o quizás normal, subterráneamente hablando. Con gerundios y adverbios dementes para enfatizar.
El jefe agazapado tras su fingimiento canoso, sonríe con la desgana habitual y atiende a los orates, porque es de justicia, de acuerdo con la normativa vigente. Ha estudiado mucho y parece que no ha aprendido nada, porque quizás haya desarrollado sólo el área memorística y sea huérfano de experiencias.
Así se las gastaba el narrador omniscente, cuando decidió sublimar todas aquellas emociones que le estaban marcando una senda equivocada, desde el comienzo de la Primavera. No sin esfuerzo, continuó con la escritura y, en un recodo del camino hasta pensó en el asesinato, (desde la perspectiva literaria, menos costosa a todas luces) de algunos de sus personajes, que obstaculizaban la calzada. La muerte psicológica, pensó, un recurso clásico para disolver las nieblas fantasmales. De todos modos, la mañana se había despertado lluviosa, con afán de lavandera enjuagando los tejados de aquél barrio polvoriento, y las nieblas, la de la mente y la lejana, aún no se habían desperezado. Bajo las nubes, en un rincón secreto del cortijo, siguió escribiendo. La siguiente tromba de agua, regalo de la Primavera húmeda y neurótica, le hizo reflexionar otra vez y se le apareció la otra muerte, también de corte psicológico, corte y confección, en el sentido del crecimiento y la evolución. Era la muerte del ego, quizás por redimirse de la justicia, o injusticia, de los tribunales del consciente y del inconsciente. En definitiva, se trataba, no de asesinar a otros tan sólo sino del suicidio. La escena del crimen, desde la perspectiva de la autogestión, se le presentaba cada vez más luminosa a cada párrafo que escribía, si bien las imágenes se sucedían con tanta rapidez que no se trataba ya de una escena, de un acto, sino de varios y podía percibir la riqueza de una imaginación desbordante, el tesoro que le permitía liberarse y que descubrió hace mucho tiempo, en la hondura de aquél barranco desmemoriado de la infancia. ( Fragmento de Trogloditismo de Cátedra. Dedicado a C. Amorós, compañero de fatigas).
Al otro lado de la calle, casi a las puertas de la fábrica-cortijo (jamás podría, ni por asomo tras la tapia tremenda, llegar a ser un falansterio, sobre todo por las rigideces de la cadena de mando), está el hombre desnudo, sin columna ni desierto, a ras de suelo como la mayoría de sus razonamientos. La cabeza mastodóntica obstruye la entrada y casi cualquier salida. Es el rey del callejón. También fue capaz de construir un personaje ciclotímico a golpe de miradas que cincelaron el azogue, día tras día.
A la vuelta de la esquina, sentada en la acera, la niña psicótica chilla y patalea sin importarle el mundo, ni los vecinos, ni los motoristas descerebrados que transitan desbocados en un intento de hacer curva la esquina cartesiana.
Transcurridos unos minutos, vocifera la sirena y todo vuelve a ser anormal como todos los días, o quizás normal, subterráneamente hablando. Con gerundios y adverbios dementes para enfatizar.
El jefe agazapado tras su fingimiento canoso, sonríe con la desgana habitual y atiende a los orates, porque es de justicia, de acuerdo con la normativa vigente. Ha estudiado mucho y parece que no ha aprendido nada, porque quizás haya desarrollado sólo el área memorística y sea huérfano de experiencias.
Así se las gastaba el narrador omniscente, cuando decidió sublimar todas aquellas emociones que le estaban marcando una senda equivocada, desde el comienzo de la Primavera. No sin esfuerzo, continuó con la escritura y, en un recodo del camino hasta pensó en el asesinato, (desde la perspectiva literaria, menos costosa a todas luces) de algunos de sus personajes, que obstaculizaban la calzada. La muerte psicológica, pensó, un recurso clásico para disolver las nieblas fantasmales. De todos modos, la mañana se había despertado lluviosa, con afán de lavandera enjuagando los tejados de aquél barrio polvoriento, y las nieblas, la de la mente y la lejana, aún no se habían desperezado. Bajo las nubes, en un rincón secreto del cortijo, siguió escribiendo. La siguiente tromba de agua, regalo de la Primavera húmeda y neurótica, le hizo reflexionar otra vez y se le apareció la otra muerte, también de corte psicológico, corte y confección, en el sentido del crecimiento y la evolución. Era la muerte del ego, quizás por redimirse de la justicia, o injusticia, de los tribunales del consciente y del inconsciente. En definitiva, se trataba, no de asesinar a otros tan sólo sino del suicidio. La escena del crimen, desde la perspectiva de la autogestión, se le presentaba cada vez más luminosa a cada párrafo que escribía, si bien las imágenes se sucedían con tanta rapidez que no se trataba ya de una escena, de un acto, sino de varios y podía percibir la riqueza de una imaginación desbordante, el tesoro que le permitía liberarse y que descubrió hace mucho tiempo, en la hondura de aquél barranco desmemoriado de la infancia. ( Fragmento de Trogloditismo de Cátedra. Dedicado a C. Amorós, compañero de fatigas).
miércoles, 19 de febrero de 2014
La nostalgia en vaivén sin desconsuelo, sin anidar, tal vez porque estamos en invierno. La melancolía que viene y se va y no sabemos si llegará a la Primavera. Los pianos abandonados, polvorientos y desafinados, en los cafetines del pasado y en los salones de baile de la memoria desangelada y triturada por las nuevas (ahora mismo ya antiguas) tecnologías. Ahora los karaokes de nombre oriental, "chop-suei" musical del tiempo digital, sustituyen a la creación fresca sin ningún romanticismo. La música desperdigada por las aceras o enloqueciendo primaveras y veranos desde las casetas de feria de los pueblos que van a morir de abandono, tarde o temprano...
martes, 18 de febrero de 2014
Ya sólo nos queda
el silencio y la distancia.
Todos los sonidos,
los lugares visitados,
yacen sumergidos,
en el mejor de los casos,
en letargo o duermevela
desde siempre en el océano
infinito del Aquí y Ahora.
Aquella foto, o la música,
el atardecer interminable
con aquél gran Sol insomne,
la palmera de porte suave
que bailaba con la farola impávida,
y tu revoloteo bajo el dosel antiguo
de aquella habitación ajada.
-------------
Muerte y Transfiguración. Richard Strauss.
el silencio y la distancia.
Todos los sonidos,
los lugares visitados,
yacen sumergidos,
en el mejor de los casos,
en letargo o duermevela
desde siempre en el océano
infinito del Aquí y Ahora.
Aquella foto, o la música,
el atardecer interminable
con aquél gran Sol insomne,
la palmera de porte suave
que bailaba con la farola impávida,
y tu revoloteo bajo el dosel antiguo
de aquella habitación ajada.
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Muerte y Transfiguración. Richard Strauss.
miércoles, 12 de febrero de 2014
Nubes sin tregua. Pertinaces en un Febrero desvalido, aunque en tratamiento, por aquello de la neurosis histórica . Los "dichos" de la gente mayor de mi pueblo (Febrero "locuelo"). Algunos almendros pioneros se han atrevido ya y se divisan sus flores desde el borde del camino. Hermanos de los naranjos que tarde o temprano destilarán el neroli de azahar. Aún en la locura de este mes descontrolado los árboles hermanos anuncian tiempos de luz y calma. Puede que, este año, la primavera prematura tenga ecos y perfumes que nos hagan recordar y soñar y aprender que el mundo se puede experimentar de millones de formas diferentes. Seres humanos.
El viajero que encuentra. Con los ojos abiertos. Descubre, sin buscar, en un rincón de piedras viejas olvidado por el Sol, varado, en un invierno peremne junto a unas manchas de musgo casi fósil, el barco de sus sueños. De aquellas noches sin apenas días. Sin amanecer y sin ocaso. Con los ojos abiertos, en el presente eterno. Aquí y ahora.
Y se le aparece aquél perfume que se desvaneció al ritmo de cuentagotas apergaminado de los calendarios viejos.
A la vuelta de la esquina el bullicio de la plaza, la estatua de siempre, gritos de niños, el humo de los humanos y de las chimeneas...Recupera el aliento en aquél banco de los días soleados y reemprende su camino. Con la vida de la mano.
Y se le aparece aquél perfume que se desvaneció al ritmo de cuentagotas apergaminado de los calendarios viejos.
A la vuelta de la esquina el bullicio de la plaza, la estatua de siempre, gritos de niños, el humo de los humanos y de las chimeneas...Recupera el aliento en aquél banco de los días soleados y reemprende su camino. Con la vida de la mano.
Recuerdo aquél escrito de adolescencia-juventud, no sé muy bien con qué edad lo inventé, en el que, a modo de poema, había una frase que aludía a las trampas: "...trampas, sólo trampas a mi alrededor". Ahora con los años, la experiencia, los aprendizajes y los trabajos de "reformas de interiores", podría cambiar la última palabra: alrededor por interior. Quizá consecuencia de los cimientos, la herencia, lo aprendido con patrones familiares, escolares, sociales... Puede que se trate de una percepción, aspecto o perspectiva ya estudiada por algunos maestros que han indagado en el interior del ser humano. Las trampas de la química biológica y eléctrica que atañen al funcionamiento del cerebro. ("...Mente y Cerebro..."). Descubrir esas trampas, casi de manera inevitable, a través de un arduo trabajo íntimo que nos lleva a reconocerlas, aceptarlas y, por supuesto, reconvertirlas. Podría tratarse de un proceso de transformación, en definitiva, de evolución..."Evolucionar es fácil"...
sábado, 25 de enero de 2014
LA LEY DE LAS VELAS
Esa mujer con rictus de lechuga canta un aria desaforada y tropieza con la concha. Le clava la aguja de su zapato al apuntador atónito. El director de orquesta, melena al viento, ordena el ataque molto vivace. El público ríe y se revuelca en el patio de butacas. Las candilejas se apagan de repente y los acomodadores huyen despavoridos. El Holandés Errante ha encallado al tropezar con la nariz de Lohengrin. El coro invade el escenario y todos cantan y bailan como posesos. Barítonos, vicetiples y sopranos rodean a los tenores que se encojen acogotados. La función no ha terminado. Es la hora del público y las puertas se cierran sin remedio. Comienza el espectáculo. La mujer con rictus de lechuga interpreta algo parecido a una marcha fúnebre. Su tono sube y sube, cada vez se torna más y más agudo. Arriba, arriba...Tímpanos ensangrentados también se elevan y adornan las enormes arañas que penden oscilantes sobre las butacas destartaladas.
No hay más cera que la que arde. Ni pabilo de ninguna clase, ni siquiera para las alpargatas del nibelungo.
Esa mujer con rictus de lechuga canta un aria desaforada y tropieza con la concha. Le clava la aguja de su zapato al apuntador atónito. El director de orquesta, melena al viento, ordena el ataque molto vivace. El público ríe y se revuelca en el patio de butacas. Las candilejas se apagan de repente y los acomodadores huyen despavoridos. El Holandés Errante ha encallado al tropezar con la nariz de Lohengrin. El coro invade el escenario y todos cantan y bailan como posesos. Barítonos, vicetiples y sopranos rodean a los tenores que se encojen acogotados. La función no ha terminado. Es la hora del público y las puertas se cierran sin remedio. Comienza el espectáculo. La mujer con rictus de lechuga interpreta algo parecido a una marcha fúnebre. Su tono sube y sube, cada vez se torna más y más agudo. Arriba, arriba...Tímpanos ensangrentados también se elevan y adornan las enormes arañas que penden oscilantes sobre las butacas destartaladas.
No hay más cera que la que arde. Ni pabilo de ninguna clase, ni siquiera para las alpargatas del nibelungo.
PAISAJES
El naranja se va difuminando hacia otros derroteros y ahora las fresas sacan pecho y campan por sus respetos respectivos, naranjas y fresas ¡menuda perspectiva! Atardecer frutal. Pero no sólo de fruta vive el hombre...
El desierto se iluminó de pronto con un resplandor suave, en medio de la noche. El cielo, la arena y aquellos personajes de ensoñación frágil: escarabajo, escorpión y una flor extraña, extemporánea. Fumaban y fumaban en narguile forrado con piel de camello. En mitad de la noche. Se iluminaron al instante con un resplandor suave y de perfume agradable. Toda la noche. Durante horas danzaron con ritmo desenfrenado. Hasta el amanecer.
Al pasar la página fuí consciente de lo que sucedía. La imagen del libro de fotos del desierto iba cambiando su luz, el color, la textura...hasta el perfume. Las dunas se movían al ritmo de la flauta que el escorpión soplaba con suavidad. Al instante quedé atrapado. Una fuerza irresistible me atrajo hasta allí y me quedé una noche y otra y otra...
Estaba sentado, absorto. Balanceaba las piernas que le colgaban sobre la línea del horizonte. No era un héroe. La mujer miraba su perfil y percibía que no era cobarde ni valiente sino que, simplemente, hacía uso de su libertad. Con las piernas colgando sobre la línea del horizonte.
¿Fue al atardecer? No, quizás... Quizá, pensó, y apartó la ese como si se tratara de un obstáculo en el camino, fue al amanecer...Dudó y dudó hasta el amanecer o quizás, quizá, de nuevo barrió la ese, hasta el anochecer del día siguiente. Aunque, de momento, tuvo una certeza. Estaba convencida de que cierta pérdida de orientación espacio-temporal se iba apoderando, como brisa sutil, de sus pensamientos. La sensación se acrecentaba cuando sus ojos se encontraban con aquella mirada color tierra que, cada mañana, la escudriñaba desde el otro lado del espejo. Era ella, por fín, que volvía exhausta del territorio de los sueños. Había atravesado valles, vadeado ríos y coronado montañas. Su mirada estaba repleta de tierra, tierra de la Tierra con destellos de mares, lagos y cauces mas o menos caudalosos. Tierra y agua. Abrió el grifo y comprobó con desaliento que el barro había infestado otra vez las cañerías. Sin dudarlo, se remangó aquella sudadera vieja de color rosa difuminado por leves toques de lejía y se dispuso, llave inglesa en la mano, a dar cuenta de aquél desarreglo que, de vez en cuando, la entretenía durante un par de horas. Terminó empapada en sudor y con el rostro enrojecido por aquél esfuerzo cíclico y familiar. Volvió a mirarse en el espejo y sintió que quizá aún no había despertado de aquella pesadilla que, como el barro, enturbiaba de vez en cuando su recorrido plácido por los paisajes del sueño cotidiano.
El naranja se va difuminando hacia otros derroteros y ahora las fresas sacan pecho y campan por sus respetos respectivos, naranjas y fresas ¡menuda perspectiva! Atardecer frutal. Pero no sólo de fruta vive el hombre...
El desierto se iluminó de pronto con un resplandor suave, en medio de la noche. El cielo, la arena y aquellos personajes de ensoñación frágil: escarabajo, escorpión y una flor extraña, extemporánea. Fumaban y fumaban en narguile forrado con piel de camello. En mitad de la noche. Se iluminaron al instante con un resplandor suave y de perfume agradable. Toda la noche. Durante horas danzaron con ritmo desenfrenado. Hasta el amanecer.
Al pasar la página fuí consciente de lo que sucedía. La imagen del libro de fotos del desierto iba cambiando su luz, el color, la textura...hasta el perfume. Las dunas se movían al ritmo de la flauta que el escorpión soplaba con suavidad. Al instante quedé atrapado. Una fuerza irresistible me atrajo hasta allí y me quedé una noche y otra y otra...
Estaba sentado, absorto. Balanceaba las piernas que le colgaban sobre la línea del horizonte. No era un héroe. La mujer miraba su perfil y percibía que no era cobarde ni valiente sino que, simplemente, hacía uso de su libertad. Con las piernas colgando sobre la línea del horizonte.
¿Fue al atardecer? No, quizás... Quizá, pensó, y apartó la ese como si se tratara de un obstáculo en el camino, fue al amanecer...Dudó y dudó hasta el amanecer o quizás, quizá, de nuevo barrió la ese, hasta el anochecer del día siguiente. Aunque, de momento, tuvo una certeza. Estaba convencida de que cierta pérdida de orientación espacio-temporal se iba apoderando, como brisa sutil, de sus pensamientos. La sensación se acrecentaba cuando sus ojos se encontraban con aquella mirada color tierra que, cada mañana, la escudriñaba desde el otro lado del espejo. Era ella, por fín, que volvía exhausta del territorio de los sueños. Había atravesado valles, vadeado ríos y coronado montañas. Su mirada estaba repleta de tierra, tierra de la Tierra con destellos de mares, lagos y cauces mas o menos caudalosos. Tierra y agua. Abrió el grifo y comprobó con desaliento que el barro había infestado otra vez las cañerías. Sin dudarlo, se remangó aquella sudadera vieja de color rosa difuminado por leves toques de lejía y se dispuso, llave inglesa en la mano, a dar cuenta de aquél desarreglo que, de vez en cuando, la entretenía durante un par de horas. Terminó empapada en sudor y con el rostro enrojecido por aquél esfuerzo cíclico y familiar. Volvió a mirarse en el espejo y sintió que quizá aún no había despertado de aquella pesadilla que, como el barro, enturbiaba de vez en cuando su recorrido plácido por los paisajes del sueño cotidiano.
ESCALERILLAS, VERSO A VERSO.
PELDAÑOS, LETRA A LETRA.
Los
años pasan
Te
adelantan siempre
Como
un rayo
(por
el arcén).
Lo que tú
esperas
Con los ojos
vendados
Nunca sucede.
Con el deshielo
Intuyen esas ramas
Flores nuevas.
Una
sonrisa
Sin
humo cegador
Abre
más puertas.
Nubes rumiando
Todas juntas en tropel
Otra tormenta.
miércoles, 22 de enero de 2014
Aquél que se apega a una alegría
destruye una vida con alas.
Mas quien besa al vuelo la alegría
vive en el amanecer de la eternidad.
WILLIAM BLAKE.
Aquello a lo que te aferras no siempre es algo agradable o placentero. Este es el caso, sobre todo, de los recuerdos dolorosos y los patrones mentales y emocionales que se construyen alrededor de ellos. Lo puedes notar cuando la mente, de pronto, se convierte en una especie de reproductor de vídeo enloquecido que repite las escenas más desgradables de una situación. Quizás alguien te haya dicho algo que te ofendió y lo revives una y otra vez mientras reaccionas repetidamente al dolor de recordarlo, alimentando aún más el enfado y los juicios, con lo que se disparan muchas emociones aflictivas. Actúas como una polilla que choca una y otra vez contra la lámpara que la atrae y la quema. A veces puede parecerte que encuentras cierto placer en el dolor que te provocan esas emociones, aunque no es algo que harías con tu propio cuerpo (a nadie le gusta repetir y repetir un golpe que se dio en la cabeza con un poste en la calle). Lo haces sobre todo con recuerdos dolorosos hacia los que se ha orientado tu ser; como si repetir mil veces el recuerdo de una ofensa te diera un sentido de solidez más fijo y definido. Aferrarse a pensamientos dolorosos es un hábito arraigado que muchos tenemos que desaprender.
destruye una vida con alas.
Mas quien besa al vuelo la alegría
vive en el amanecer de la eternidad.
WILLIAM BLAKE.
Aquello a lo que te aferras no siempre es algo agradable o placentero. Este es el caso, sobre todo, de los recuerdos dolorosos y los patrones mentales y emocionales que se construyen alrededor de ellos. Lo puedes notar cuando la mente, de pronto, se convierte en una especie de reproductor de vídeo enloquecido que repite las escenas más desgradables de una situación. Quizás alguien te haya dicho algo que te ofendió y lo revives una y otra vez mientras reaccionas repetidamente al dolor de recordarlo, alimentando aún más el enfado y los juicios, con lo que se disparan muchas emociones aflictivas. Actúas como una polilla que choca una y otra vez contra la lámpara que la atrae y la quema. A veces puede parecerte que encuentras cierto placer en el dolor que te provocan esas emociones, aunque no es algo que harías con tu propio cuerpo (a nadie le gusta repetir y repetir un golpe que se dio en la cabeza con un poste en la calle). Lo haces sobre todo con recuerdos dolorosos hacia los que se ha orientado tu ser; como si repetir mil veces el recuerdo de una ofensa te diera un sentido de solidez más fijo y definido. Aferrarse a pensamientos dolorosos es un hábito arraigado que muchos tenemos que desaprender.
miércoles, 8 de enero de 2014
Desnudarse o despojarse. No es obligatorio despojarse del pasado sino, quizás, de algunas de nuestras actitudes psicológicas. Un paso importante en esta dirección podría consistir en aligerar los automatismos del pensamiento, en particular las expectativas y opiniones.
En la plena consciencia hay cuatro actitudes mentales importantes: NO JUZGAR. NO FILTRAR. NO AFERRARSE Y NO ESPERAR NADA. Cuatro actitudes que cultivar en los ejercicios de meditación, y cuatro renuncias como resultado.
NO JUZGAR significa no ceder a los juicios de valor que suelen llegar a la mente, no darles poder, no detenerse a escucharlos ni concederles todo el espacio.
RENUNCIAR A FILTRAR: permitir la presencia de sensaciones corporales, pensamientos o emociones, incluso los desagradables. Aceptar las incomodidades. Pero también, desde luego, aceptar lo bueno y lo agradable. Ni masoquismo ni hedonismo. Basta una consciencia abierta y curiosa, que acepte todo, pero que vaya donde quiera.
RENUNCIAR A AFERRARSE: no apegarse a lo agradable, que suele ser un automatismo básico. Liberarse del "ojalá que dure", liberarse de las angustias (naturales) que gravitan alrededor de la pérdida de lo que resulta agradable. Más vale saborear bien, con plena consciencia, lo que resulta agradable, en lugar de inquietarse por la futura desaparición. Es la "inquietud de la felicidad" que tanto les cuesta superar a numerosos ansiosos y deprimidos.
RENUNCIAR A ESPERAR ALGO: ¿despojarme de mis expectativas? "Pero sin expectativas, sin objetivos ¡no se va a ninguna parte!" Precisamente. En la consciencia plena no se intenta ir a ninguna parte que allí donde ya estamos...
------------------------------------------
Ya había llorado con amargura e impotencia infantil, antes de aquél sueño en torno a la epifanía. Una tarde, noche, del cinco de enero, hace mucho, mucho tiempo, en el pueblo. Mis padres, en la tienda, ocupados empaquetando los juguetes que los padres de los otros niños habían apartado para recoger más tarde. Llamaba con insistencia, unas veces gritando, otras con lamento cansino, y no obtenía respuesta. Quizás aquella tarde, noche de reyes, y mi amarga espera de lo imposible fueran el germen del sueño de los juguetes escondidos. Además nunca tuve un tren eléctrico como aquél que había visto días antes en uno de los mostradores. Me conformé con aquél que giraba en círculo y al que había que darle cuerda...El tren que no iba a ninguna parte. El tren del aquí y ahora de mi infancia.
En la plena consciencia hay cuatro actitudes mentales importantes: NO JUZGAR. NO FILTRAR. NO AFERRARSE Y NO ESPERAR NADA. Cuatro actitudes que cultivar en los ejercicios de meditación, y cuatro renuncias como resultado.
NO JUZGAR significa no ceder a los juicios de valor que suelen llegar a la mente, no darles poder, no detenerse a escucharlos ni concederles todo el espacio.
RENUNCIAR A FILTRAR: permitir la presencia de sensaciones corporales, pensamientos o emociones, incluso los desagradables. Aceptar las incomodidades. Pero también, desde luego, aceptar lo bueno y lo agradable. Ni masoquismo ni hedonismo. Basta una consciencia abierta y curiosa, que acepte todo, pero que vaya donde quiera.
RENUNCIAR A AFERRARSE: no apegarse a lo agradable, que suele ser un automatismo básico. Liberarse del "ojalá que dure", liberarse de las angustias (naturales) que gravitan alrededor de la pérdida de lo que resulta agradable. Más vale saborear bien, con plena consciencia, lo que resulta agradable, en lugar de inquietarse por la futura desaparición. Es la "inquietud de la felicidad" que tanto les cuesta superar a numerosos ansiosos y deprimidos.
RENUNCIAR A ESPERAR ALGO: ¿despojarme de mis expectativas? "Pero sin expectativas, sin objetivos ¡no se va a ninguna parte!" Precisamente. En la consciencia plena no se intenta ir a ninguna parte que allí donde ya estamos...
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Ya había llorado con amargura e impotencia infantil, antes de aquél sueño en torno a la epifanía. Una tarde, noche, del cinco de enero, hace mucho, mucho tiempo, en el pueblo. Mis padres, en la tienda, ocupados empaquetando los juguetes que los padres de los otros niños habían apartado para recoger más tarde. Llamaba con insistencia, unas veces gritando, otras con lamento cansino, y no obtenía respuesta. Quizás aquella tarde, noche de reyes, y mi amarga espera de lo imposible fueran el germen del sueño de los juguetes escondidos. Además nunca tuve un tren eléctrico como aquél que había visto días antes en uno de los mostradores. Me conformé con aquél que giraba en círculo y al que había que darle cuerda...El tren que no iba a ninguna parte. El tren del aquí y ahora de mi infancia.
Recuerdo que, por estas fechas, hace mucho, mucho tiempo, después del paso de los magos desorientados, podíamos jugar con los juguetes que nos habían dejado al lado de los zapatos delante del balcón. Era a la mañana siguiente después de aquella noche de insomnio, ansiedad y expectativas ilusorias. Pero la fiesta se prolongaba y con ese buen criterio que, en contadas ocasiones, caracteriza a la autoridad educativa, más o menos competente, no volvíamos a la escuela inmediatamente después del seis de enero.
Tendría unos seis años y desperté aquella mañana después de haber soñado que un buen puñado de juguetes yacía escondido, como un tesoro del que solo aquél niño conocía su existencia, debajo de la máquina de coser de mi tía, que vivía tres o cuatro casas más arriba. Me vestí a toda prisa, y sin desayunar y todavía atónito por lo vívido del evento onírico, bajé las escaleras con presura y sigilo y corrí calle arriba hasta llegar al zaguán. La puerta de cristales estaba cerrada y la abrí con cuidado, porque no quería compartir con nadie el sueño. Me cercioré de que nadie me oía y avancé unos pasos hasta enfrentarme con la puerta del salón donde estaba la máquina de coser. El pulso, acelerado desde el despertar, incrementó su ritmo y puse mucho empeño en empujar aquella puerta, que no era fácil de abrir puesto que rozaba en el suelo, sin hacer ruido. Logré mi objetivo. Entré emocionado y con ilusión. El ojalá de niño soñador y fantasioso se pegó a todo mi ser y, sobre todo, a mis manos temblorosas. Por fín, en un acto de valentía inconmensurable, levanté la tela que cubría la máquina de coser y me topé de sopetón con una de las primeras decepciones de mi existencia de niño soñador. No recuerdo si lloré amargamente... quizás esa historia quede por contar.
Tendría unos seis años y desperté aquella mañana después de haber soñado que un buen puñado de juguetes yacía escondido, como un tesoro del que solo aquél niño conocía su existencia, debajo de la máquina de coser de mi tía, que vivía tres o cuatro casas más arriba. Me vestí a toda prisa, y sin desayunar y todavía atónito por lo vívido del evento onírico, bajé las escaleras con presura y sigilo y corrí calle arriba hasta llegar al zaguán. La puerta de cristales estaba cerrada y la abrí con cuidado, porque no quería compartir con nadie el sueño. Me cercioré de que nadie me oía y avancé unos pasos hasta enfrentarme con la puerta del salón donde estaba la máquina de coser. El pulso, acelerado desde el despertar, incrementó su ritmo y puse mucho empeño en empujar aquella puerta, que no era fácil de abrir puesto que rozaba en el suelo, sin hacer ruido. Logré mi objetivo. Entré emocionado y con ilusión. El ojalá de niño soñador y fantasioso se pegó a todo mi ser y, sobre todo, a mis manos temblorosas. Por fín, en un acto de valentía inconmensurable, levanté la tela que cubría la máquina de coser y me topé de sopetón con una de las primeras decepciones de mi existencia de niño soñador. No recuerdo si lloré amargamente... quizás esa historia quede por contar.
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