miércoles, 19 de noviembre de 2014

INTROSPECCIÓN

      Tu interior.
      Anegado por las lágrimas comienza a moverse como una estancia que huye de la mansión en la que cumplía condena. Ahora, te dices,  todo volverá  a ser como hace unos días...ya estaba mejor y, en un instante, aparecen los nubarrones desde Poniente. Meteorología de las emociones, pronóstico de los estados de ánimo. Probabilidades: ¿estabilidad? ¿Poner los pies en el suelo? ¿Dónde está el suelo? ¿Éste suelo cenagoso que me hiere de muerte? Ni siquiera vas a buscar el impermeable. Y la angustia recorre insaciable todos los rincones. Sientes el aguijón venenoso hasta el escándalo y la soledad que anida en el borde de los ojos. Salvaje y mortal, toda la sangre derramada desde la niñez.  ¿Dónde mueren las gaviotas?


     El día en que dobles la lengua en canal se disiparán todas tus penas. 

     Locura.

     Es para tí tan fácil volver a caer, sobre todo si no lo piensas. Algunas veces te coge por sorpresa, otras lo ves venir. Quizás difícil de explicar, aunque lo catalogas como sensación ancestral. Te pierdes en tí mismo, mientras pasas las horas sentado en aquél café...De pronto comienzas a hablar: los fantasmas del pasado son una mera construcción formal para conversadores aburridos, hartos quizás de mirar los rostros desfigurados de la gente que camina atropellada y que, en tu mundo, existe un instante fuera tras los cristales de esta cafetería mundana, quizás lloviendo, con viento, al atardecer, en noviembre quizás...Y te miras en el gran espejo, marco de falso rococó, del salón de sillones profundos y ves a alguien que no eres tú, al menos en ese lapso que te ha parecido infinito. Son como fantasmas, prosigues casi sin respirar, no existen, te vuelves a contradecir, porque se pulverizan al vivir ese presente falso y anodino. Y os digo esto porque, desde pequeño, he tenido la sensación de que todo a mi alrededor era inevitable y ahora no soporto la idea de que está en mis manos poder cambiarlo todo. O quizás en mi mente. Los compañeros de mesa vuelven a preguntarte, como siempre: ¿cómo?. Aunque  estén acostumbrados a escuchar la misma cantinela. Y sonríes agitando las cejas levemente. Los demás, boquiabiertos, contemplan esa disertación ya que, otra vez, te limitas a gesticular de forma exagerada y a balbucear incoherencias, casi en un susurro...Y comienzan a sospechar que tu demencia acaba de alcanzar cotas insuperables. Ellos piden otra ronda y tú escribes en el aire, pero el camarero ni siquiera te ve desde el otro lado del espejo.



    

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