viernes, 27 de octubre de 2023


Del florero al fregadero un paseo interminable que observo con el reojo izquierdo, con el que menos veo. Al menos desde este otoño dislocado. La estación interminable, y seguimos con el juego, intermitente, sin adverbios en mente. No mente. Sin levantarme de la silla, de flor en flor y los cacharros sin fregar. 

Allá abajo, al otro lado del rio, una compañía de saltimbanquis disfrazados de castaños intentan engañar las miradas incautas con ropajes ocres en busca del rojo crepuscular.  


Aquél poema, nocturno en la menor, algo desafinado por el desatino de las lluvias de final de octubre, se escapaba de las manos, como un sueño arenoso para depositarse con lentitud delante de tus ojos. Mira, mira desde el final hasta el comienzo de la nada, contundente aquí y ahora.






 

jueves, 26 de octubre de 2023

 Ahora la pantalla en negro anima al escritor a recontar, sin aritméticas, experiencias en esta isla casi redonda. Ausencia de aritméticas y aparición de la geometría isleña, geografía geométrica o gomérica, según se mire. Desde esta terraza se mira distinto por la orientación y por la perspectiva privilegiada. Orientación Noreste. El horizonte amplio. Allá apenas a unos kilómetros que suponen cuarenta y cinco minutos en ferry la isla grande con el Teide en los tresmil, por encima de las nubes, el mar de nubes de casi siempre. Aquí abajo la costa de la isla más pequeña y redonda. El pescante y las olas que llenan de espuma la playa negra de arena y piedras. Un lugar del pasado visitado a pesar de las prohibicines expresas, peligro de desprendimientos, vallas rotas, corrosión y mucha erosión. Aquel charco artificial, como piscina salvaje llena de mar y a veces de espuma voraz. Los viajeros, turistas, bañistas, pescadores y curiosos se adentran cada día en ese mundo extraño que en otra época albergó el muelle para la carga de los plátanos. El pescante de Hermigua. Un poco más arriba hacia el Sur y al otro lado del comienzo del valle, las crestas desde donde en dias pasados se desarrollaban al atardecer aventuras de ícaros que descendían con mansedumbre hasta la playa de Santa Catalina. Ahora las sombras se adueñan de esta parte final o primigenia del valle, cada cual con su prespectiva. Por la mañana, en días soleados, se ilumina amplio y feliz, y los colores brillan dando esplendor a las rocas, las plataneras, las palmeras y todo el verde instalado por estas tierras.

Algunas veces el alisio arrecia y las nubes logran, ya cuando la oscuridad es dueña del entorno, ocultar las estrellas que tantas noches nos acompañan. 

La Crónica del viajero atento que viene y va, valle arriba, barranco abajo mientras conduce con prudencia acompañado de la mejor copilota y compañera de viaje, por esas curvas isleñas de la mar a la montaña, del sol a las nubes y a la lluvia horizontal. 

A esta hora el Sol se despide dando luz a la isla grande en la costa suroeste y tiñe de rosas las nubes y la cumbre.

Tal vez esta noche alguna estrella fugaz visite esta parte del cielo terrícola y nos haga soñar con otros mundos que están en este.



  



Ensturiamen de la probatoria reclinatoria del novelón que viene y va.

Una prueba singular.

Hemos cambiado el tipo de letra o al menos un intento y aquí seguimos, plurales, los dedos y el teclado sin resultado palpable.


Por fin lo hemos logrado.

Logro, satisfacción y el ogro y su situación resignada dentro de los cuentos sin poder salir a tomar el fresco de la vida. Encierro literario. Mucho cuento.


Al dia siguiente,  a la hora de todos los gatos son pardos, hice como que no me veía cuando pasé frente al espejo gigante del pasillo de la entrada y de la salida. Un truco muy antiguo aunque mucho más efectivo y saludable que si me hubiese detenido a acicalarme los cuatro pelos y medio. Efectivo y sin tarjeta, para despistar. O tú que te has creído y argumentos banales y trasnochados como ese. En el ámbito familiar solían funcionar, pero ya ni por asomo al precipicio.


En los días de la superluna de agosto, que tiene cojones el reclamo publicitario, el creador atento escribe grandes relatos sin sentido aparente para la mayoría. Se esfuerza lo necesario sin cansarse demasiado porque las temperaturas pueden acabar derritiendo el trocito de cerebro que aún le funciona según los cánones ni fu ni fa y que si esto y que si lo otro. 

Así a mi estilo, por ahora, dedico un rato a soltar los dedicos sobre el teclado, para despistar. Por el camino las moscas ya no entran en boca abierta y ni siquiera por la ventana. Aparecen a miles despanzurradas sobre las aceras junto a los pajarillos muertos de sed y los viejos que logran escaparse de las residencias en busca del mar. ¡Ah el mar! Masculino singular y femenino plural. LLorando a mares por mis muertos y por los tuyos y me cago en los de los demás intransigentes, insolidarios, retrógados y sobre todo negacionistas y terraplanistas, por supuesto todos ellos con estudios muy universitarios, peor que peor, más o menos. Y aquí entretenido con la aritmética literaria observo como la tarde avanza a paso lento empapada de  sudor, chorreando con sus chorradas veraniegas y demás. Además en compañía de los valientes que han tenido que salir al horno terrenal y asfáltico a ganarse el sudor con un mendrugo apretando los puños. Y los aires artificiales que juegan con  la condensación, afilan sus navajas y recuerdan a algunos que siempre estaremos expuestos al resfriado y a los síntomas y fiebres pandémicas y requetevíricas.


Allá en lo alto,al final de la escalera, espera su excelencia, que sigue en excedencia, y que sueña con el mando que nunca detentó. Las tentaciones de arrancarse la dentadura inestable hasta lo tragicómico de tanto apretar esas mandíbulas sin prominencia alguna.  

¡Oh cuánto surrealismo de ese de no me entero de nada!

Ni falta que hace. Si has llegado hasta aquí con la lectura enhorabuena y ya recibirás tu regalo después del funeral. Amén.