Ensturiamen de la probatoria reclinatoria del novelón que viene y va.
Una prueba singular.
Hemos cambiado el tipo de letra o al menos un intento y aquí seguimos, plurales, los dedos y el teclado sin resultado palpable.
Por fin lo hemos logrado.
Logro, satisfacción y el ogro y su situación resignada dentro de los cuentos sin poder salir a tomar el fresco de la vida. Encierro literario. Mucho cuento.
Al dia siguiente, a la hora de todos los gatos son pardos, hice como que no me veía cuando pasé frente al espejo gigante del pasillo de la entrada y de la salida. Un truco muy antiguo aunque mucho más efectivo y saludable que si me hubiese detenido a acicalarme los cuatro pelos y medio. Efectivo y sin tarjeta, para despistar. O tú que te has creído y argumentos banales y trasnochados como ese. En el ámbito familiar solían funcionar, pero ya ni por asomo al precipicio.
En los días de la superluna de agosto, que tiene cojones el reclamo publicitario, el creador atento escribe grandes relatos sin sentido aparente para la mayoría. Se esfuerza lo necesario sin cansarse demasiado porque las temperaturas pueden acabar derritiendo el trocito de cerebro que aún le funciona según los cánones ni fu ni fa y que si esto y que si lo otro.
Así a mi estilo, por ahora, dedico un rato a soltar los dedicos sobre el teclado, para despistar. Por el camino las moscas ya no entran en boca abierta y ni siquiera por la ventana. Aparecen a miles despanzurradas sobre las aceras junto a los pajarillos muertos de sed y los viejos que logran escaparse de las residencias en busca del mar. ¡Ah el mar! Masculino singular y femenino plural. LLorando a mares por mis muertos y por los tuyos y me cago en los de los demás intransigentes, insolidarios, retrógados y sobre todo negacionistas y terraplanistas, por supuesto todos ellos con estudios muy universitarios, peor que peor, más o menos. Y aquí entretenido con la aritmética literaria observo como la tarde avanza a paso lento empapada de sudor, chorreando con sus chorradas veraniegas y demás. Además en compañía de los valientes que han tenido que salir al horno terrenal y asfáltico a ganarse el sudor con un mendrugo apretando los puños. Y los aires artificiales que juegan con la condensación, afilan sus navajas y recuerdan a algunos que siempre estaremos expuestos al resfriado y a los síntomas y fiebres pandémicas y requetevíricas.
Allá en lo alto,al final de la escalera, espera su excelencia, que sigue en excedencia, y que sueña con el mando que nunca detentó. Las tentaciones de arrancarse la dentadura inestable hasta lo tragicómico de tanto apretar esas mandíbulas sin prominencia alguna.
¡Oh cuánto surrealismo de ese de no me entero de nada!
Ni falta que hace. Si has llegado hasta aquí con la lectura enhorabuena y ya recibirás tu regalo después del funeral. Amén.

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