Del florero al fregadero un paseo interminable que observo con el reojo izquierdo, con el que menos veo. Al menos desde este otoño dislocado. La estación interminable, y seguimos con el juego, intermitente, sin adverbios en mente. No mente. Sin levantarme de la silla, de flor en flor y los cacharros sin fregar.
Allá abajo, al otro lado del rio, una compañía de saltimbanquis disfrazados de castaños intentan engañar las miradas incautas con ropajes ocres en busca del rojo crepuscular.
Aquél poema, nocturno en la menor, algo desafinado por el desatino de las lluvias de final de octubre, se escapaba de las manos, como un sueño arenoso para depositarse con lentitud delante de tus ojos. Mira, mira desde el final hasta el comienzo de la nada, contundente aquí y ahora.

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