sábado, 25 de enero de 2014

     PAISAJES

      El naranja se va difuminando hacia otros derroteros y ahora las fresas sacan pecho y campan por sus respetos respectivos, naranjas y fresas ¡menuda perspectiva! Atardecer frutal. Pero no sólo de fruta vive el hombre...
     El desierto se iluminó de pronto con un resplandor suave, en medio de la noche. El cielo, la arena y aquellos personajes de ensoñación frágil: escarabajo, escorpión y una flor extraña, extemporánea. Fumaban y fumaban en narguile forrado con piel de camello. En mitad de la noche. Se iluminaron al instante con un resplandor suave y de perfume agradable. Toda la noche. Durante horas danzaron con ritmo desenfrenado. Hasta el amanecer. 

     Al pasar la página fuí consciente de lo que sucedía. La imagen  del libro de fotos del desierto iba cambiando su luz, el color, la textura...hasta el perfume. Las dunas se movían al ritmo de la flauta que el escorpión soplaba con suavidad. Al instante quedé atrapado. Una fuerza irresistible me atrajo hasta allí y me quedé una noche y otra y otra...

     Estaba sentado, absorto. Balanceaba las piernas que le colgaban sobre la línea del horizonte. No era un héroe. La mujer miraba su perfil y percibía que no era cobarde ni valiente sino que, simplemente, hacía uso de su libertad. Con las piernas colgando sobre la línea del horizonte.

      ¿Fue al atardecer? No, quizás... Quizá, pensó, y apartó la ese como si se tratara de  un obstáculo en el camino, fue al amanecer...Dudó y dudó hasta el amanecer o quizás, quizá, de nuevo barrió la ese, hasta el anochecer del día siguiente. Aunque, de momento, tuvo una certeza. Estaba convencida de que cierta pérdida de orientación espacio-temporal se iba apoderando, como brisa sutil, de sus pensamientos. La sensación se acrecentaba cuando sus ojos se encontraban con aquella mirada color tierra que, cada mañana, la escudriñaba desde el otro lado del espejo. Era ella, por fín, que volvía exhausta del territorio de los sueños. Había atravesado valles, vadeado ríos y coronado montañas. Su mirada estaba repleta de tierra, tierra de la Tierra con destellos de mares, lagos y cauces mas o menos caudalosos. Tierra y agua. Abrió el grifo y comprobó con desaliento que el barro había infestado otra vez las cañerías. Sin dudarlo, se remangó aquella sudadera vieja de color rosa difuminado por leves toques de lejía y se dispuso, llave inglesa en la mano, a dar cuenta de aquél desarreglo que, de vez en cuando, la entretenía durante un par de horas. Terminó empapada en sudor y con el rostro enrojecido por aquél esfuerzo cíclico y familiar. Volvió a mirarse en el espejo y sintió que quizá aún no había despertado de aquella pesadilla que, como el barro, enturbiaba de vez en cuando su recorrido plácido por los paisajes del sueño cotidiano.




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