miércoles, 22 de enero de 2014

Aquél que se apega a una alegría
destruye una vida con alas.
Mas quien besa al vuelo la alegría
vive en el amanecer de la eternidad.
                                    
                                              WILLIAM BLAKE.

     Aquello a lo que te aferras no siempre es algo agradable o placentero. Este es el caso, sobre todo, de los recuerdos dolorosos y los patrones mentales y emocionales que se construyen alrededor de ellos. Lo puedes notar cuando la mente, de pronto, se convierte en una especie de reproductor de vídeo enloquecido que repite las escenas más desgradables de una situación. Quizás alguien te haya dicho algo que te ofendió y lo revives una y otra vez mientras reaccionas repetidamente al  dolor de recordarlo, alimentando aún más el enfado y los juicios, con lo que se disparan muchas emociones aflictivas. Actúas como una polilla que choca una y otra vez contra la lámpara que la atrae y la quema. A veces puede parecerte que encuentras cierto placer en el dolor que te provocan esas emociones, aunque no es algo que harías con tu propio cuerpo (a nadie le gusta repetir y repetir un golpe que se dio en la cabeza con un poste en la calle). Lo haces sobre todo con recuerdos dolorosos hacia los que se ha orientado tu ser; como si repetir mil veces el recuerdo de una ofensa te diera un sentido de solidez más fijo y definido. Aferrarse a pensamientos dolorosos es un hábito arraigado que muchos tenemos que desaprender.  
     

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario