lunes, 5 de mayo de 2014

     Aparece la modistilla con su retahíla de pesamientos deshilachados. Empuja su carrito lleno de retales, un montón de piezas "vintage", irremediables, irremendables. Con lágrimas de caimana bien adiestrada, horas y horas delante del espejo, acude al jefe. Es el costurero de métodos desfasados y autoridad más que discutible. El que nunca será líder. El que parece que gana pero siempre, o casi, pierde, sobre todo el Norte.

     Al otro lado de la calle, casi a las puertas de la fábrica-cortijo (jamás podría, ni por asomo tras la tapia tremenda, llegar a ser un falansterio, sobre todo por las rigideces de la cadena de mando), está el hombre desnudo, sin columna ni desierto, a ras de suelo como la mayoría de sus razonamientos. La cabeza mastodóntica obstruye la entrada y casi cualquier salida. Es el rey del callejón. También fue capaz de construir un personaje ciclotímico a golpe de miradas que cincelaron el azogue, día tras día.

     A la vuelta de la esquina, sentada en la acera, la niña psicótica chilla y patalea sin importarle el mundo, ni los vecinos, ni los motoristas descerebrados que transitan desbocados en un intento de hacer curva la esquina cartesiana.

     Transcurridos unos minutos, vocifera la sirena y todo vuelve a ser anormal como todos los días, o quizás normal, subterráneamente hablando. Con gerundios y adverbios dementes para enfatizar.

     El jefe agazapado tras su fingimiento canoso, sonríe con la desgana habitual y atiende a los orates, porque es de justicia, de acuerdo con la normativa vigente. Ha estudiado mucho y parece que no ha aprendido nada, porque quizás haya desarrollado sólo el área memorística y sea huérfano de experiencias.

     Así se las gastaba el narrador omniscente, cuando decidió sublimar todas aquellas emociones que le estaban marcando una senda equivocada, desde el comienzo de la Primavera. No sin esfuerzo, continuó con la escritura y, en un recodo del camino hasta pensó en el asesinato, (desde la perspectiva literaria, menos costosa a todas luces) de algunos de sus personajes, que obstaculizaban la calzada. La muerte psicológica, pensó, un recurso clásico para disolver las nieblas fantasmales. De todos modos, la mañana se había despertado lluviosa, con afán de lavandera enjuagando los tejados de aquél barrio polvoriento, y las nieblas, la de la mente y la lejana, aún no se habían desperezado. Bajo las nubes, en un rincón secreto del cortijo, siguió escribiendo. La siguiente tromba de agua, regalo de la Primavera húmeda y neurótica, le hizo reflexionar otra vez y se le apareció la otra muerte, también de corte psicológico, corte y confección, en el sentido del crecimiento y la evolución. Era la muerte del ego, quizás por redimirse de la justicia, o injusticia, de los tribunales del consciente y del inconsciente. En definitiva, se trataba, no de asesinar a otros tan sólo sino del suicidio. La escena del crimen, desde la perspectiva de la autogestión, se le presentaba cada vez más  luminosa a cada párrafo que escribía, si bien las imágenes se sucedían con tanta rapidez que no se trataba ya de una escena, de un acto, sino de varios y podía percibir la riqueza de una imaginación desbordante, el tesoro que le permitía liberarse y que descubrió hace mucho tiempo, en la hondura de  aquél barranco desmemoriado de la infancia. ( Fragmento de Trogloditismo de Cátedra. Dedicado a C. Amorós, compañero de fatigas).

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