Se mostrarán poemas,escritos varios y desmemorias muchas. La música que me inspira,reconforta,me duerme y me despierta.Esos pajarillos en los olmos. Algún salmonconsejo, quizás algún recurso branquial a diario, o de vez en cuando. Aparecerán los sueños de toda la vida. No las ensoñaciones. Sueños para escuchar su mensaje y aprender a conectar, integrar, todas la facetas de nuestro ser multidimensional.
miércoles, 18 de septiembre de 2019
Arranco el calendario de la pared.
Queda desnuda de noches y de días,
A la intemperie del presente.
Pienso en apretarlo, estrujarlo, exprimir
Fotografías, números y letras.
Sacar el jugo del tiempo, la sangre,
Las lágrimas y todo el sudor del crecimiento.
Desdibujar el calendario, enmarañar meses y días.
Agitar antes de volver a usar.
O, quizás, liberar a ese fantasma inventado,
La leyenda de un tiempo eterno, indomable.
¡Cómo ondea al viento la sábana agujereada,
Arrugada, con esas manchas del pasado
Y los posibles descosidos, con sus flecos, del futuro!
Observo el cielo, ya sin tiempo,
Y consigo esparcir, sin aspavientos,
Trocitos muy pequeños de "lu", "mier", "dic", "sept"
Y números descuartizados, meses sin rumbo...
¡Calendadrios al viento!
Había abierto aquél cuaderno y calentaba su nostalgia y la añoranza con dos velas azules, encendidas tras el ocaso. ¡Ah la noche! se dijo mientras escuchaba Widmung (op.25, número 1) de Robert Schumann. A pesar de todo, ese cajón lleno de añoranza volvía a desbordarse, sin lágrimas, como un gas de misterio calmado y lúcido. En ese instante percibió que volvía a cerrarse el círculo. Reencuentro y añoranza, sin orden ni concierto. Y ahí, ¡hete ahí! que llegó el momento de la decisión: detener el flujo de la escritura y sentirse por dentro. Quiso observar y responder a la pregunta ¿Qué me pasa por dentro? Cerró los ojos, escuchó los latidos del corazón. Percibió algo semejante a una inquietud suave que se fue disipando con lentitud, mientras sentía cómo la respiración se tornaba más lenta. Observó los pensamientos que volvían a ella una vez más. La música de aquél piano, ahora la Fantasía en Fa menor op.49 de Frédéric Chopin, le llevó de nuevo a la añoranza. Aunque no se dejó atrapar por ella. La saludó y la dejó pasar, apreció su belleza y se regocijó de sentir lo que sentía. Con calma y distancia. Con amor y sin apego. Libre y humano, muy humano. En fin, se dijo, uno de los atardeceres más bellos que hasta ahora había contemplado.
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